Corazón de carbón

Doloroso corazón de carbón

nada pasa, nada duele cuando eres negro.

Cuando estás al rojo vivo

quemas como las mil llamas del infierno;

hoy regresas a tu hogar,

aquella pequeña ánfora que compré para ti

la sellaré con mi sangre cuajada

y tú, corazón de carbón

sigue palpitando escondido del dolor vivo

Quédate en tu ánfora

a salvo estás

nada pasa, nada duele cuando eres negro

doloroso corazón de carbón.

Aquella noche…

Eres un niño con voluntad férrea, no sé si sea una cualidad común en los niños de ahora, pero sí sé que a ti te sobra.

Hoy sucedió de nuevo, tuviste una de esas crisis, al parecer no tan grave o quizá es que yo ya me estoy acostumbrando y sé como manejarlo, de cualquier forma, esas crisis tuyas hacen que todo mi mundo se mueva, trastocas mi tiempo, mi paz y la confianza que por lo general tengo en mí.

Desde que empezaste a dormir, te oía roncar y ya sabía que era cuestión de tiempo para que despertaras llorando…o gritando, tal como lo hiciste, yo apenas empezaba a conciliar el sueño, ese que no ha sido bueno desde hace ya no sé cuántos días, primero porque tú te enfermaste  luego porque las desveladas y descuidos míos para cuidar  de ti, hicieron que yo cayera enferma.

En este momento pareces feliz, ha pasado una hora desde que despertaste y pareces no tener ganas de ir a dormir; quizá si esto hubiera sucedido hace unos 18 días, yo no lo hubiera tolerado como hoy y casi creo que por eso mi tos y mi disfonía son más de tipo emocional que físicas, porque yo sé que no siempre tengo paciencia contigo y aunque logre hacer lo que debo hacer como tu protectora, el instinto de amarte a veces no me sale tan bien, hoy decidí ser diferente, decidí amarte antes que protegerte y creo, por lo que estoy viendo, que lo primero forzosamente involucra a lo segundo.

En este momento juegas así que me puse a escribir esta carta que espero un día puedas leer y entender y por el paso que llevamos, no será en un futuro muy lejano.

Al sentarme a escribir corriste a hacia mí para que te sentara en mis piernas como sueles hacerlo, me quitaste mi pluma y mi cuaderno y, también como siempre, te pusiste a darle vuelta a las hojas  para rayonearla como si tú también escribieras tu propia historia, sin permitir que otros lo hagan por tì o te digan qué debes hacer, eso me gusta mucho, pero ¿sabes? Tiene un costo alto, que quizá n debas pagar hasta dentro de mucho tiempo, pero sí, tarde o temprano, aunque no dudo que tú tendrás la fuerza y la entereza para sobrellevarlo. Es una de las cosas que hay en ti que me provocan disonancia, porque debo luchar contra tì para que no te lastimes ni desboques, pero mi razón y mi emoción también me dicen que es preciso darte libertad y defenderla por ti a capa y espada mientras sea yo quien vele por tus sueños.

Mi pequeño Strudell de Manzana (algún día no muy lejano escribiré cómo fue que te convertiste en Strudell de Manzana), te escribo esto por una razón o varias que al fina se resumen en una sola; me desvelo y sacrifico por ti, no porque espere que algún día me lo reconozcas y agradezcas, lo hago porque quiero que aprendas con el ejemplo, que el sacrificio siempre debe realizarse por un bien mayor y no para esperar una recompensa por ello, porque en realidad es muy raro que llegue.

Quiero que comprendas lo que significa el amor y entiendas que las buenas obras que realizamos por los demás, por amor a las personas o a una causa, serán lo único que nos acompañe en nuestra vida y nadie nos lo podrá quitar.

Deseo que nadie destruya tus sueños y crezcas seguro y feliz; no es cierto mi pequeño amor, que uno siempre debe sufrir para alcanzar la felicidad, no es cierto que sólo el sufrimiento tiene validez, la sociedad en estos momentos sufre de una terrible dicotomía ¿Qué es eso? Busca un diccionario.

Esa dicotomía nos ha llevado a matar gente a venderla, prostituirla, destruirla…pero a la vez promueve el sufrimiento para alcanzar bienes mayores.

Eres un niño privilegiado porque de todos tus seres cercanos, sólo recibes amor, atención,  protección y seguridad, entonces ¿quién soy yo para quitarte esos privilegios que muchos niños alrededor del mundo, por desgracia no conocen?

Si has nacido bajo el cuidado y la protección de una familia que te ama como a su tesoro màs preciado ¿por qué deberíamos sacrificar eso?

No es cierto que debamos hacerlo, debemos agradecerlo y honrarlo, porque el mundo necesita hombres y mujeres que sepan volar, soñar, crear, luchar, gritar, correr, trastocar, revolucionar, amar…

Espero que cuando leas esta carta estés en camino para ser un niño o un hombre listo para

volar, soñar, crear, luchar, gritar, correr, trastocar, revolucionar, amar…traza tu círculo y cava profundo, lo más profundo que puedas.

Día Cincuenta. Principio Básico No. 7. Reconoce tus duelos.

La estación seca de la vida no dura siempre. Las lluvias primaverales no tardarán en presentarse de nuevo.Sarah Ban Breatnach, El encanto de la vida simple.

Todos los seres humanos, invariablemente, no importa cómo, no importa cuánto tiempo; pasamos por 5 etapas de duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

La clave es, saber descubrirla etapa en la que uno se encuentra pero, sobre todo, el motivo de nuestro duelo. Uno de mis libros favoritos sin duda es Demian de Herman Hesse, no sé si tan sólo  sea por el recuerdo romántico de la época en la que lo leí, hace ya muchos años; o tal vez mi cariño sí vaya más allá y tenga que ver con los estados cíclicos que van y vienen y que nos hacen avanzar en una espiral ascendente hacia otros estados, ya sea mentales, emocionales o profesionales.

Demian es un libro que trata sobre las rupturas, no sólo las que ocurren en el sistema, sino rupturas en general, cismas que provocan caos en nuestras vidas y nos obligan a detenernos  para observar  con detenimiento hacia dónde caminamos.

Las rupturas son importantes, porque nos sacan de balance y nos arrojan fuera de nuestra zona de confort para obligarnos a reaccionar o bien, para sumirnos más aún, según lo asuma cada quien.

Estar fuera de balance no implica precisamente desequilibrio, sino simplemente una necesidad de reajustarnos a nuestra situación de acuerdo con nuestra naturaleza.

Creo que los seres humanos vivimos pocos grandes duelos en nuestras vidas y que implican grandes cambios, transformaciones que sufrimos en etapas críticas, esos grandes duelos conllevan pequeños duelos necesarios para el resurgimiento.

Cuando una persona comienza a cuestionarse desde el fondo de su ser, acerca de todo lo que su vida implica, sobre lo que tiene y debe aceptar y sobre lo que tiene y es preciso modificar, es entonces cuando sobrevienen esos “mini” duelos en los que uno debe dejar morir no sólo obstáculos que se interponen para el crecimiento o evolución sino personas –en sentido figurado- que a su alrededor no implican otra cosa que problemas, dolores, nostalgias, melancolías, enojos, frustraciones, porque son lastres que uno se va echando a cuestas a fin de no parecer incapaz.

Pues bien, “a lo hecho pecho”, dice la voz popular, porque las circunstancias que nos afectan aunque su curso no dependa de nosotros, debemos dejarlas atrás y concentrarnos en la valiosa persona que cada uno lleva dentro; como mirarse desnudo frente a un espejo y leer cada línea, marca, lunar, vello, comisura, coloración, protuberancia; buscar la autenticidad de la que cada no está hecho, cargar con nuestro manual de virtudes y defectos sobre el hombro, listos para el siguiente duelo o, quién sabe, tal vez será el tiempo de lluvia en el Sahara.

Decepción.

Nos sentimos decepcionados cuando nuestras expectativas sobre algo o sobre alguien superan a la realidad, su realidad no la nuestra; se trata de un sentimiento ególatra porque tiene que ver más con nosotros mismo que con el objeto de nuestra decepción; pero una vez que sabemos esto, resulta mucho más fácil encontrar la cura para nuestro dolor, si es que la decepción nos dejó heridos.

Clarobscuro

“Cantigas…., mujeres…., glorias…., felicidad…., mentira todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna… La gloria y el amor tras que corremos, sombras de un sueño son que perseguimos, ¡Despertar es morir!

Gustavo Adolfo Becquer. El Rayo de Luna.

 

Toda luz, tarde o temprano se extingue… hasta que lleva el momento de que una nueva luz aparezca…

Ella era un cuarto negro, lleno de humedad, obscuridad y con silencios más dolorosos y atemorizantes que el ruido mismo.

Nada pasaba ahí en mucho tiempo, salvo quizá la rabia de que nada sucedía; pasaron muchas lunas e incluso muchos soles, pero en su caso no lo había notado porque la luz no penetraba hasta ese lugar desde hacía quién sabe cuánto tiempo.

Así le transcurría la vida aparentemente tranquila, pero no era en realidad, únicamente se trataba de la apariencia o mejor dicho, de lo que nadie podía ver al quedar cegados por tanto obscuridad; ciertamente había muchas cosas en ese cuarto pero era imposible distinguirlas porque aquella negrura era tan abrumadoramente profunda que calaba hasta el último hueso.

Alrededor había de todo, un baúl lleno de momentos, una pequeña y hermosa mesa con su silla, ambas llenas de polvo en su superficie; sobre la mesa un libro abierto con muchas páginas en blanco que dejaron de escribirse hacía ya bastante tiempo; a un lado, el tintero y la pluma que de dieron, en otros días, forma a sus sueños, anhelos y pensamientos.

Al fondo de cuarto, un hermoso mueble de fino encino rojo al que ya nadie enceraba porque lo que su apariencia a la luz, debía haber sido seca y sedienta de lustre; en sus cajones y entrepaños, toda clase de cosas que a nadie le importaban pues quizá sólo tenían significado para ella.

Un delicado reloj que curiosamente seguía trabajando al ritmo del tic-tac tic-tac. Un álbum de fotografías y recuerdos de todos los sitios a los que fue, con decenas de páginas llenas de todo eso. Un cáliz de oro y plata con muchas incrustaciones de piedras preciosas, una verdadera joya que no había sido usada hacia mucho.

Y, en el estante central, quizá la pieza más importante de aquella habitación, un antiguo relicario de oro puro que en otra época debió colgar de su fino cuello gracias a la delgada cadenita, también de oro, que se encontraba a un lado.

Transcurría el tiempo, sin variación alguna y, un Buendía, pasó lo que nunca hubiera pensado que sucedería ya que aquella habitación parecía impenetrable…por alguna rendija que curiosamente siempre había existido, entró un delicado haz de luz; delgado y fino, tanto que de pronto daba la impresión de desvanecerse ante tanta obscuridad.

La habitación se sentía rara porque en mucho tiempo ni ella ni aquellos objetos que le hacían compañía en su sempiterna nocturnidad, no habían tenido tan distinguido invitado y el pequeño rayito de luz parecía sentirse a gusto iluminando tenue y sin saturación aquel espacio en desuso por tanto tiempo.

Se instaló aquel rayo y ahí pasó las horas y los días, riendo y jugando, acompañando y observando a todas aquella cosas que había en esa habitación otrora tan obscura.

Un día, sin aviso y sin más, el rayo comenzó a desvanecerse, no fue lento el proceso pues se extinguió rápido en absoluto silencio; de nada hubo tiempo entonces porque todo volvió a opacarse hasta ser negro de nuevo…quién sabe si por siempre o sólo hasta que un nuevo rayo de luz descubra la existencia de esa habitación y decida colarse por aquella pequeñísima rendija.

Contrapropuesta

Pero no necesito un marido; no quiero un marido, necesito un compañero de batallas. No quiero un hombre que salga a la calle por mi alimento mientras yo me quedo en casa esperando su regreso, no sabría como ser su abnegada esposa.

Necesito un hombre que sepa contener mi furia, que me permita gritar, que grite conmigo, que enloquezca como yo en las noches de luna llena.

Necesito un compañero de batallas que me trate como igual y no sólo como la mujer que cuida de su sangre y le prepara el desayuno; no podría conformarme con ser el ama de casa que cuida de su patrimonio ni ser la mujer que simplemente le da satisfacción en la cama…

Quiero un hombre que me permita inventar; necesito un hombre que me deje ser libre, que me sostenga en las noches de tristeza y desvelo y me permita sostenerlo en sus días de dolor.

Que alguna que otra vez me sorprenda con una taza da café en la cama, los trastes limpios y la ropa lavada, seca y planchada.

Un hombre que de verdad comparta conmigo la responsabilidad de ser pareja y que no espere siempre verme hermosa, pulcra y serena cuando llega del trabajo y cuando yo llegue del mío; que comparta conmigo el desastre de la casa cuando ambos regresemos desde de un día de luchar contra el mundo loco e incomprensivo.

Un hombre que coincida conmigo, no un hombre que me obligue a ajustarme a él,  que sepa que soy tan capaz como él para vivir entre los tiburones y tan temeraria como para domarlos y enfrentarlos con furia y entereza.

Quiero un hombre, necesito un hombre que se desvele conmigo en las noches de enfermedad de los hijos, que me acompañe al hospital y se preocupe a mi lado, que me tome la mano cuando vengan las noticias tristes y que llore igual que yo; que un día le de por cambiar los pañales, que vea en las labores domésticas otros espacio para compartir y no sólo una obligación que me corresponde sólo a mí…

¿Que pido mucho? ¿Que es imposible? ¿Que es una utopía? Sí, soy cazadora de imposibles y de utopías.

Triste aprendiz…

Desde las obscuras y húmedas profundidades de mi cueva

escribo versos que se queman con mis labios

hilvano palabras incoherentes

tomo un poco de tinta diluida,

de la poca que me queda en el corazón

mojo en el tintero de lágrimas y sangre

una de esas plumas que le quité al fénix que pasó junto a mí una vez;

En vano trato de parecerme al sastre creador de maravillas

apenas si puedo zurcir y parchar palabras;

no sé cómo pintar versos coloridos

mi paleta no sirve,

siempre me quedan tristes y amargas tonalidades grises, negras y rojas

siempre mis versos terminan adoloridos, flacos y ojerosos.

Triste aprendiz de sastre soy,

hilvano incoherencias

y la fuente de mis palabras

se asemeja a un simple grifo

que deja brotar el agua de chorro

en lugar de hacer figuras por el aire,

de bailar con el destino, el dolor, el amor, el calor;

mi fuente no lanza agua de colores,

expele tinta roja salida desde la profunda cueva que es mi alma

desde la húmeda, dolorosa y triste cueva que es mi alma…

Desde las obscuras y tristes profundidades de mi cueva

escribo versos que me queman los labios

enhebro un hilo que se rompe con sólo mirarlo

y la tinta diluida después de unas cuantas palabras

por fin se extinguió…