Desgarres virginales II

¿Cómo no perderme?

¿Cómo no olerte y aspirarte?

¿Cómo no embriagarme

con tu locura y dejarte

desgarrarme el alma,

el corazón…

y también el himen?

 

¿Cómo? Si tu fragancia nocturna

me cala

hasta el pozo más profundo

de la razón y la existencia.

 

¿Cómo me quedo intacta?

¿Cómo sigo inmaculada?

Si lo que más deseo

es que me tomes,

me arranques,

me desgarres…

me rompas…

 

Toma cada uno

de mis anhelos rojos,

penétralos hasta que sientas

cómo la pequeña membrana

que los mantiene puros,

se rompe.

 

Mira sangrar mi alma,

hasta dónde alcanza a llegar tu esencia;

recorre la senda que tatuaste

sobre mí

y celebra este desgarre de luna llena,

de aullidos y de sombras.

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Desgarres virginales

Celebremos las virginidades,

disfrutemos el desgarre,

las rupturas,

el sangrado de la locura…

 

Celebremos las pérdidas

los quebrantos,

acatemos el duelo por lo que se fue…

lo que perdimos,

lo que nuestro cuerpo dejó ir

para dejar entrar nuevos poderes.

 

Otorguemos nuevos títulos

a todo cuanto ya no existe,

a todo nuevo significado,

a toda nueva etapa.

 

Celebremos las virginidades,

celebremos su pérdida,

su punzante dolor,

el advenimiento.

 

¡VIVAN LOS DESGARRES!

Que sin ellos no entenderíamos

dónde está entre un estado y otro,

la jodida diferencia.

La que no…

Vivo en un oasis

pletórico de nada,

me ahoga el hastío,

me volví mediana

¿en qué momento dejé de ser?

Me perdí en el horizonte

la normalidad me devoró,

crucé el mar de la conformidad

y el gris de la sin locura

inoculó su veneno en mi cabeza.

Mis ojos rodaron,

miran lo posible,

antes imaginaban;

mis labios quedaron pegados,

sólo dicen “de acuerdo”,

antes gritaban locuras;

mis oídos

aquellos tan fastidiosos

tan fastidiados,

tan enojados

tan furiosos

hoy sólo escuchan

palabras simples:

bien, de acuerdo, confórmate, calla,

disimula, aguanta, ignora…

antes entendían.

Vivo en un oasis

pletórico de todo lo no yo…

pletórico de todo lo fuera de mí,

pletórico de todo aquello

que jamás he querido ser…

¿en qué momento me dejé devorar?

Seca y maldita historia

La historia nació maldita,

no era nuestra,

era sólo mía

fue como parir un hijo muerto.

Un hijo muerto

que no tenía padre,

lo tuvo sí,

de nada valió,

fuiste más un donante

y desde entonces

la historia se torció.

Era mi historia maldita

sobre lo que pudo ser,

lo que quise que fuera,

lo que “debió” ser,

lo que aparantaba,

lo que parecía tan obvio,

pero estaba hueca,

ni siquiera como una fruta podrida,

no,

era como una fruta sin pulpa,

seca por dentro,

como el vientre estéril de una vieja.

Entonces,

¿fui mala jardinera?

no lo creo,

sólo fue que tus semillas

no eran para mi tierra,

yo desierto

hago florecer espinas,

pero no entiendo de qué manera

puedo florecer

en tierra húmeda y cálida,

yo sólo sé de hielo,

sólo sé de ardor,

sólo sé

de partos que aúllan viento negro,

sólo sé  de mi desierto,

sólo sé de mi historia

que sin ti ya no es maldita,

es apenas un poema

que se me ocurrió

mientras un sonido

rechina mis ventanas

y azota en lo profundo de mi alma sin pulpa,

sin miedo, sin substancia…

Gris

Tracé una ruta sobre el agua,

quise caminarla

y olvidé nadar.

Ballenas de arena,

una, dos, veinte…

como borregos

las conté para dormir.

Castillos de aire,

castillos de flores,

hermosos,

frágiles y efímeros.

En el fondo del mar,

mi corazón latía;

lo creí muerto,

lo escuché galopar

aún tenía vida,

aún brincaba.

Le pregunté la suerte,

no sabe echar las cartas,

ni leer café

o predecir el futuro,

sólo palpita;

lo dejé en fondo.

En la superficie

nada tenía de color,

lo dejé sin color

no quiero pintar,

ya no me gusta pintar,

dejé gris todo lo gris.