La mujer revolución

Soy la mujer revolución, la mujer caos, la mujer tormenta; de mis ojos surge el fuego que arrasa con la vulgar hipocresía de aquellos que se sienten superiores por juntar sus manos mientras reciben un trozo de pan cada domingo, aunque por dentro desean el mal a su prójimo.

En mi pecho materno se gesta un grito potente contra los enemigos de la vida; un grito que lacera los oídos de aquellos que han dejado de escuchar las notas del amor.

En mi vientre fértil y parturiento se concentra la fuerza para golpear mil ejércitos de abusadores que buscan amedrentarnos con sus golpes de pecho y los sonidos de su garganta.

Mi útero posee el mayor de los secretos; es la tierra fértil de donde habrán de emerger los nuevos hombres y mujeres. Ahí reside la magia de la vida y brotan la delicias del amor, ahí nace y mere la más maravillosa de las  magias; ahí reside la creación.

Es por ello que mi útero es la gran Caja de Pandora, el cáliz de la vida, la más profunda y húmeda de las cavernas.

Ya ninguna mirada hará que baje la mía, ningún látigo me hará retroceder un solo paso.

Soy la mujer revolución que no se conforma, soy la mujer caos que todo lo agita…

Soy la mujer tormenta que ama, que piensa, que siente, que lucha…que vive.

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Acinonyx jubatus.

Por un tiempo huí de mi naturaleza, quisé huir, pero no se puede; uno es lo que es aunque suene a pretexto.

Yo quería ser sumisa, dulce, pacífica y conciliadora, así que luché para intentarlo; quise vivir conforme y aceptar la realidad pero ¿cómo aceptar la realidad de un mundo al que no perteneces?

Por varias lunas me sumergí en un tiempo y en un espacio robados, pero jamás supe qué hacer con tanta locura, no encontré ninguna caja, ningún cofre, ningún estuche en los que pudiera caber todo lo que se me iba acumulando entre los tejidos de mi cuerpo, en lo más profundo de mi carne viva.

¿Qué hago aquí? Aquí no hay por donde desechar tanta pasión, tanto amor, tanta locura, tanto coraje, tanta furia

¿Qué hago aquí? ¿Qué hago con todo esto? Ya no lo sé, ya me quiero ir de aquí, quiero regresar a la habitación de mis quimeras; prefiero los rostros iracundos que los ojos conformes, prefiero la angustia y sinrazón de la búsqueda eternas que el servilismo de la quietud amansada y amaestrada.

Eso es lo que soy, un gato salvaje que brinca a la menor provocación; un felino que ignora lo que no le interesa, un felino desdeñoso que saca las uñas cuando quiere pelea; un gato remilgoso que huye de las multitudes, que prefiere cazar un ratón contra un plato de comida tres veces al día.

Por un tiempo quise ser perro, quise ser gaviota, quise ser mariposa, quise convertirme en serpiente, nada me salió porque sólo soy un gato salvaje que busca un tejado para mirar la luna mientras busca la manera de arañarla, un gato que camina por las bardas traseras de esa que todos piensan su casa.

Jamás dulce, jamás sumisa, jamás domesticada…sólo yo.

Un remedio contra la aprehensión

Y si, hoy tengo muchas ganas de escribir, pero me desconcentra la respiración irreglar de Adrián provocada por su alergía exacerbada a causa de estos cambios del estado del tiempo, frío-calor frío-calor-sol-polen y nada de humedad; duerme, miro su cara pacífica y pienso que si está dormido es porque seguramente no hay mayor problema pero luego escucho sonidos en su nariz que me indican otra cosa…

Necesito concentrarme en otra cosa para dejar esta aprehensión que sólo alimenta la horrible ansiedad con la que nací, escribir parece que me puede calmar un poco, asi que trato de encontrar un tema pero sólo me vienen a la mente ideas y sucesos que me provocan mayores neurósis…¡El encantador de perros!¡Claro! El dijo que los perros, por naturaleza, nacen sin complejos, sin culpas, sin neurósis y adquieren todo eso cuando comienzan a ser la mascota de un ser humano y creo, sin dudarlo que aplica también para los niños…ellos nacen puros, pero con el paso del tiempo, los adultos que los educan poco a poco van provocando que esa capacidad se transforme, para bien o para mal.

Lo que sucede es que a veces me gustaría tener un compañero de viaje que pudiera regalarme un abrazo para confortarme cuando las cosas no están del todo bien, cuando yo no puedo dormir porque Adrián está iquieto en su cama revolteándose de un lado a otro; por desgracia (quizá algún dia lo vea como algo opuesto) no había terminado de crecer ni de madurar cuando mi hijo vino al mundo (y eso que joven no soy) a veces soy como otra niña que no sabe cómo calmar el llanto de otro pequeño, que se asustada cada vez que tose o cada vez que se encuentra inapetente, en lugar de pensar que los niños son así, que un día tienen hambre y devoran cuando se les pone en frente, mientras que otros días, sólo agua, sólo jugo, sólo leche…a veces se golpean, otras, no quieren saber del mundo, te ignoran y contruyen su propia realidad.

Pero siempre, invariablemente termino por pensar: esto pasará, algún día lo voy a ver convertido en un adulto, independiente, autouficiente, amado, algún día construirá una vida a parte y estos días en los que no encuentro sosiego ni paz, serán sólo un recuerdo custodiado únicamente por mi mente traicionera, esa mente que no ha hecho otra cosa que atacarme, instigarme, perseguirme y enloquecerme desde que supe la noticia de que iba a ser madre.

Hay ocasiones en las que acude a mí un pensamiento consolador: quizá si me ha tocado luchar sola contra esto, es porque tengo la fuerza interna para hacerlo…es un pensamiento medio bobo, porque la realidad es clara: me toca luchar sola porque las circunstancias así se dieron y de nada valen los lamentos, nadie es culpable y nada se gana con lástima, enojo o ira y de cualquier manera, por mucho que me enoje, siempre termino sonriendo cuando veo frente a mí un par de hermosos ojos sonrientes, con sus grandes pestañas que me distraen como si barrieran mis malos pensamientos y trajeran siempres las mismas palabras a mi mente: ¡Cómo me gustaría tener unas pestañas tan hermosas! Y entonces,  un besito sí cura las heridas y resulta ser la mejor medicina contra el dolor y la desesperación. Ojalá nunca se termine mi medicina.

Murió tu alma.

Te fuiste de este mundo…

tu alma, si es que la tienes murió,

voló, emigró…

se desvaneció en el abismo de mi desencanto y desilusión.

Te fuiste de mi mundo,

aunque nunca perteneciste a él,

nunca lo hiciste tuyo,

mil veces lo puse a tus pies 

en bandeja de plata,

como un manjar y de nada sirvió,

mejor que te vayas,

mejor que emigres y te ausentes,

mejor que no estés en los días de mi gloria o de mi pena

mejor que se desvanezca mi recuerdo de tí,

mejor que me olvide de tu nombre.

Te fuiste de este mundo,

tu alma la vi por ahí…

quise agarrarla pero es de papel.

Murió, tu alma frágil y vulgar,

no haré luto.

Y fui Mujer Cueva y fui la Madre Tierra…

Quería ser tu mujer cueva,

lo fui…

en mí explorabas tus propios espacios,

te sumergías en las humedades de mis lados más obscuros.

En invierno recorrías los pasajes más secretos para evitar el frío

encontrabas la corriente interna que me mantiene viva;

nadabas sin temor de que el oleaje te llevara,

amabas la calma matutina y disfrutabas de la brisa nocturna.

En otoño te gustaba pisar las hojas secas

que cubrían mi otrora suelo húmedo,

admirabas el dorado de mis paisajes desérticos

y de tu piel emergía la humedad que se mezclaba con la mía.

La primavera de mis días te dejó acariciar mi calidez,

apenas comencé a florecer y madurar como una fruta joven,

la dulzura de mi aroma te gustaba en otros tiempos,

quizá hasta el momento en que te entregué

el más profundo y grandioso de mis secretos,

no me di cuenta porque yo también me dejé llevar por él,

me perdí en la belleza de mi vientre 

y en la magia de una nueva semilla que crecía dentro de mí,

me volví a enamorar…

no de una ilusión,

me enamoré de la Madre Tierra cuyos ríos de vida

eran mis propias venas, mi propia sangre;

me enamoré de la Madre Tierra en que me convertí.

Y así Madre Tierra, quise ser tu mujer cueva,

pero mis cavidades ya no eran desconocidas,

no las más cercanas,

sigo teniendo secretos,

más profundos y fantásticos

que ya no quieres explorar, paladear ni olfatear…

Seré la Madre Tierra, seré la mujer cueva…

no para tí,

no más para tí.

Los raspones de la vida…

Justo esta tarde pensaba: tengo que ponerme a escribir ya, otra vez, tengo que retomar la disciplina y darle una desempolvada a mi blog pero ¿de qué escribir? Abrí mi computadora, entré al escritorio de mi blog y justo en eso escuché un golpe seco, fuerte, de mi garganta salió un grito agudo y acto seguido como resorte me levanté para ir por mi “pollito” que ya estaba llorando de dolor…un golpe en la cabeza contra la pared, producto de su locura irrefrenable y de su vivaz carácter, lo abracé y miré su rostro, nada fuera de lo normal, se tocaba en la boca, aunque el golpe había sido en la parte superior de la sien izquierda (pero ya sabemos que los niños nunca se tocan donde deben) le daba agua, pero él seguía llorando, me abrazó y bajé las escaleras hasta el patio para que se distrajera un poco y pudiera respirar un poco mejor ya que hoy ha hecho mucho calor.

Cuando salimos por la puerta trasera al patio, mi pequeño Strudell de Manzana ya no lloraba, entonces lo bajé y fue en busca de una palita amarilla de juguete para comenzar a “apalear” tierra.

Así estuvo un buen rato, más de una hora, el tiempo suficiente para que la última carga de ropa se lavara; poco antes de entrar de nuevo a la casa, abrí otra vez mi computadora, para entonces Adrián encontró un nuevo entretenimiento, pintarle adornos a mi ropa negra recién lavada, sus pequeñas manitas se iban marcando en mis pantalones y entonces descubrió la frescura de la ropa recién exprimida, así que corría de un lado a otro del tendedero, dejando que la ropa le cayera en la cara, hacía soniditos de satisacción y yo, sentada miraba de cuando en cuando para vigilar que todo estuviera bien, pero resulta que los niños siempre van en contra de toda posibilidad, siempre superan nuestra capacidad de asombro y sobre todo, creo yo: las Leyes de Murphy se inventaron por ellos…mi mente viajaba de un tema a otro… ¿de qué escribo?…¿de qué escribo?…¿de ….q-u-é…?

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! Otro grito de dolor y otro salto de tigre fuera de mi asiento, Adrián caminó hasta mí con un pómulo hinchado por la raspadura de una madera contra la que existía una remotísima posibilidad de que se golpeara y sin embargo, su carita logró arreglarselas para golpearse contra ella…se tocaba las rodillas y entonces lo tomé en mis brazos, frotándole todo el cuerpo para tranquilizarlo, nos quedamos un ratito sentados en la silla en la que yo estuviera antes y cuando se pudo calmar un  poquito, al verlo lleno de tierra le pregunté ¿nos vamos a bañar?  Ya se había bañado temprano, pero en los días calurosos, siempre agradece un baño vespertino o nocturno y más si acaba de jugar con tierra. Asintió y entonces, como todas las tardes desde hace algunas semanas, preparé su tina con agua calientita…ya había comido, así que bebió un par de pediasures y mientras yo guardaba ya los últimos suéteres, se acomodó para dormirse y cerró los ojos.

***

Hace rato que Adrián duerme…yo guardo y doblo ropa y trato de acomodar juguetes regados por todos lados…mi pastelín de manzana se mueve de la posición en la que duró casi una película completa y noto que hace un gesto de dolor, llora y trata de levantarse, lo tomo en brazos nuevamente, nos quedamos así un largo rato, doy un paseo por la casa para descanse de la posición, siento que le duele la cara y la sien, los dos golpes que se dio no ayuda para que pueda acomodarse…por un lado tiene un golpe en su sien izquierda y un raspón con hinchazón leve en el pómulo derecho…pobre pollo…trato de tenerlo en mis brazos lo más que puedo y entonces él mismo busca la cama…

***

Cuando al fin se pudo acomodar, yo fui por la bolsa donde guardo las cosas de Adrián “para salir” y voy por lo papeles necesarios para correr al hospital por si hace falta, luego pensé: no me voy a quitar la ropa, si es preciso me quedo vestida para no perder tiempo…sigo pensando tontera tras tontera…nada, entonces llega mi hermano, me señala a Strudell, como siempre lo hace cada vez que llega a casa, como diciéndome: míralo, quién lo viera tan tranquilo dormido y nosotros sabemos que es un torbellino humano…entonces, como para dejar salir mi aprehensión le cuento lo que sucedió y me dice: no te preocupes ¿hace cuánto está dormido?  y respondo que como a las 7 (lo que es normal cuando no duerme a medio día) y me pregunta otra vez ¿a qué hora se golpeó? y le respondo que poco antes de que él se fuera…”ya hubiera vomitado o pasado algo…” -¿Para qué tiene uno hijos Nacho? ¿Para eso verdad? Para que te quiten la tranquilidad ¿verdad? -le pregunté. –Si, para eso, no hay una cosa en la vida que te quite más la tranquilidad que los hijos- me dice.

***

Entonces respiré profundo, cerré los ojos y pensé en las risas de hoy: recordé cuando Adrián se carcajeó al escuchar en la televisión que alguien enfatizó la palabra FAMILIA y entonces fue hasta mí para repetirme: a-alaaaaaaaaaaaaa…o de cuando canta la última parte de una de las canciones finales de Expreso Polar “if you just believe”, aunque a él se le escucha algo así como “iu yaaaaa a-taaaaaaaaa”… entonces pienso: ¡Sí, por eso tiene uno hijos! Para que se te oprima el corazón cada vez que les pasa algo, cada vez que lloran, cada vez que los tienes que detener para que los inyecten, cada vez que tosen y entonces piensas “ya se enfermó”, para desvelarte junto a su cama cuando sea necesario, para hacerles cosquillas, para jugar con ellos, para despertar antes que ellos y ver su rostro en completa calma y acercar tu oído a su naricita y advertir su repiración, para sentirte torpe, la más torpe del mundo cada vez que se hace daño, para acordarte del día en que escuchaste su corazón por primera vez latir con la fuerza de mil caballos galopantes, cuando lo sentiste moverse por primera vez en tu interior…para eso tiene uno hijos, para perder la tranquilidad, para poder entender que el mundo nos trasciende, para luchar contra el egoísmo y amar, amar de una forma en la que uno no puede imaginar hasta que lo vive…aún cuado el sueño ya no es el mismo, aún cuando la tranquilidad se convierte en un concepto abstracto y lejano…Gracias Adrián por venir a enseñarme que vale la pena estar aquí.