La primera batalla: mi derecho a cruzar el mar del olvido

Nací durante una cálida mañana de primavera, justo al medio día, en el preciso momento en que Marte y Venus hacian el amor en la Casa de Aries.

Cosa curiosa fue mi nacimiento, porque la mayoría de los niños, al menos los de aquellos días, nacían en medio de los gritos de dolor de su madre y un tremendo trabajo por traer al mundo a su pequeña criatura, yo no; aún no me lo explico del todo pero sé que nací sola, mi madre dormía debido a los remedios de la medicina occidental que las parteras le inyectaron para que no sintiera dolor.

Yo vine al mundo sin el esfuerzo de mi madre por empujarme a la vida y sin su grito de dolor que anunciaba mi llegada; ella tampoco supo cómo fue que pude nacer, pero cuenta que cuando despertó, yo ya estaba aquí, luchando sola en el mundo por mi propia existencia.

Así que vi la luz sola, mi primera batalla fue la de mi nacimiento y desde ahí quedé marcada con el signo de la guerrera, desde ahí había quedado claro que yo sería una mujer sol, llena de fuerza y de furia internas y que, me gustara o no me gustara, iba a tener que pelear por todo cuanto quisiera.

Sin cuestionármelo, la lucha llegó sola y sola viene cada vez que es necesario y cada vez que se requiere debo blandir la espada.

Una bruja me dijo una vez que todos teníamos la herida sin sanar, la Marca de Quirón, pero no todos la tenemos en el mismo sitio ni en el mismo espacio emocional, mi marca es esa, haber nacido sola y haber tenido que luchar desde entonces, ese es el signo que me habrá de perseguir hasta el momento en que exhale mi último aliento.

Será mi principal batalla, además de las luchas que día con día tenga que emprender en soledad, sin más compañía que mi propia alma de guerrera.

Así fue como nací; no, no soy bruja, soy una guerrera y fui dotada desde el primer momento que aspiré vida, con un yelmo, una escudo y una espada que me acompañan en la batalla, grande o pequeña; ellos han sido mis tremendos compañeros; los instrumentos de batalla de Furia, la Señora de los Vientos.

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PRÓLOGO

Solía decir aquel sabio bardo cuyas enseñanzas eran conocidas a lo largo y ancho del mundo por ser la síntesis de mil conocimientos místicos de otros maestros, que una mujer tiene que elegir uno de cuatro caminos distintos: la maestra, la virgen, la bruja y la guerrera.

Por lo general, el camino que la gran mayoría de las mujeres quisiera recorrer es el de la bruja; todos hablan de las brujas, todos escriben libros y tratados completos sobre las brujas, quizá porque de los cuatro caminos, el de la bruja es el más misterioso y el que más atractivo resulta a la gente.

Si bien es cierto que aún cuando nuestro camino personal es uno solo, siempre, durante toda nuestra vida, solemos transitar por alguno de los otros caminos; por lo que es preciso que de vez en vez cada una practique la paciencia y sabiduría de la maestra; experimente la templanza y la pureza de pensamiento de la virgen; utilice la furia y la fuerza de la guerrera y/o se valga de la habilidad y poder transformador de la bruja.

Ahora me toca a mí –por decreto personal- hacer justicia a todas las que como yo, andan por largos y sinuosos caminos para enfrentar a sus oponentes, corpóreos o etéreos; conocidos o desconocidos; propios o externos.

Hoy me encuentro aquí para recorrer mi propio camino, el camino de la guerrera.

Las luchas y los porqués

¿Por qué me embaracé? Esa seguramente es una pregunta que muchas personas se harán, mis padres y hermanos entre ellas y no hay una sola respuesta, fue un todo, fue que justo en el momento en que Adrián comenzó a ser una realidad, yo me encontraba en una etapa buena de mi vida, profesionalmente hablando e incluso emocionalmente, estaba lista para mantener -en lo económico- a alguien más que a mí, estaba lista para dejar de ser egoísta, sabía que era el momento en que tenía que aprender a saber que no tengo ni idea de lo que significa criar un hijo, estaba lista para dejar de estar lista, porque siempre mantuve el control de muchas cosas, pero ser madre es algo que te saca de base y pensé que era el momento para dejar de ser “perfecta” y convertirme en una persona que no tiene ni idea de lo que está haciendo, estaba lista para comenzar a sentirme abrumada y torpe.

Sabía también que había encontrado al hombre con quien debía tener un hijo, esto se debe a una cuestión, más instintiva y primitiva que racional, ¿cómo? o ¿por qué? No lo sé, no sé porque no los anteriores y este sí, pero sabía que él era el padre de mi futuro hijo y ahora que veo a Adrián sé que no me equivoqué, al menos no en eso.

Creo que se me juntaron las motivaciones, para mí, era más que claro, era tan claro que me abrumaba y así fue, ahora Adrián tiene dos años y yo sigo siendo torpe, sigo sin estar preparada y sigo siendo una madre que al menos lucha por ser buena madre aunque siempre se equivoca y todos los días trata de evitar caer en un ataque de histeria y dejar sus neurosis y preocupaciones fuera la vida de su hijo, es complicado pero al final del día creo que he logrado conseguirlo, a veces la batalla se va conmigo hasta la cama y en otras ocasiones, me lleva al hospital a media noche pero, al menos hasta ahora, siempre he logrado salir avante.

Según yo lo veo, todo es cuestión de voluntad, amar y no amar, sufrir y ser feliz, luchar o no luchar; todo es volitivo, seguir viviendo lo es, igual que respirar o dejar de respirar, en esos actos siempre existe una voluntad que ordena hacer o dejar de hacer; el problema radica en que no somos conscientes, no en que no tengamos voluntad, todos la tenemos pero pocos la reconocemos.

La voluntad no es un don, es una virtud que se cultiva, decir “no tengo fuerza de voluntad” es verdad hasta cierto punto, porque no tenemos fuerza de voluntad, eso no es un don con el que se nazca, lo que tenemos -o no- es fuego interno para cultivar esa fuerza de voluntad, aquella persona que se puede levantar temprano no es porque tenga mucha fuerza de voluntad sino porque la química de su organismo se lo permite y es por ello que están los que puede levantarse temprano o los que no tienen problemas para desvelarse.

El fuego interno o la pasión es lo que nos permite sacar fuerza de donde sabemos que no la tenemos para lograr lo que queremos, es lo que te hace decidir ser madre aunque las posibilidades te digan que no eres buena para ello.

¿Por qué lucho? Simple, porque estoy viva y puedo presumir de ser poseedora de una de las fuerzas internas más fuertes que existen sobre la tierra: la pasión y con ella la entrega y la devoción para hacer todo aquello que hago, hasta enojarme.

Mis luchas y mis porqués, no son otra cosa que mis motivaciones y mis pasiones, mis entregas, mis devociones ¿por qué lucho? Por que estoy viva.