Buenos días

Ahí estaba yo, tirada boca arriba en mi cama con el antebrazo en la frente, mirando la ventana de enfrente por la que entra el sol todos los días,  pensando cuál había sido la verdadera razón por la cual nunca te orillé a que me pidieras que me quedara… sí, quería quedarme, claro que quería quedarme, aquel sitio era muy diferente a todo cuanto yo conocía, a todo lo que me era familiar; sí, quería estar ahí por más que sólo dos semanas o, al menos, eso pensaba en aquellos días, hoy ya no estoy tan segura y es que si tanto te amaba ¿por qué carajo no me quedé y ya? así, sin invitación romántica ni propuesta barata y casi forzada, sin promesa de amor porque, de todas formas nunca me prometiste amor eterno ni fidelidad ni nada que supiera un poco a la dulzura de las nubes anaranjadas y rosas del desierto en el que nací, mi desierto.

Creo que más bien fue todo lo contrario, siempre que podías me recordabas que si se presentaba la oportunidad me ibas a engañar y casi casi como reproche me decías que al ir caminando por la calle y mirar tanta gente hermosa te convencías de que no, lo tuyo no era precisamente la fidelidad y que al estar conmigo seguramente te estarías perdiendo de estar con alguna otra -o algunas otras personas- entonces ¿por qué alguien querría quedarse después de esa “no promesa”… yo no lo sé, pero me quedé al menos durante unos días, después, pensé para mí: “tendré que regresar a menos que no me deje irme”.

Luego lo olvidé porque la vida sucedió ante mis ojos y decidí que estaba demasiado ocupada como para tener tiempo siquiera para pensar aunque cuando lo hacía me miraba como un volcán furioso y enojado por ser la única a la que no le pasaban cosas interesantes y hoy, hoy que estoy mirando esa ventana entendí algo muy sencillo que estuvo ante mis ojos todo este tiempo…

La culpa fue de esa ventana frente a mi cama, esa ventana hacia el oriente que me avisa la llegada de un nuevo día y que permite la entrada del sol hacia mi universo, lo primero que miro cuando abro los ojos y lo último antes de cerrarlos ¿cómo podría yo admitir algo diferente en las mañanas? No sabía porque las mañanas en tu cama me resultaban tan agrías con todo y tu cuerpo a un lado, algo me faltaba y ni siquiera fui consciente cuando te preguntaba en broma -¿acaso aquí nunca amanece? -Claro que amanece ¿qué no ves la luz?, me decías. -No, eso no es amanecer, que el cielo se vea claro no es amanecer, amanecer es que la luz del sol se filtre por tu ventana y te cante buenos días, aquí el día llega como si se tratara de una diapositiva que cambia de oscuro a claro… amanecer es lo que sucede cada día frente a mi cama…  ahora que lo veo, creo que esa fue la estúpida razón por la cual, sin saberlo, regresé a este desierto que sabe gritar ¡BUENOS DÍAS!

… aunque hubiera estado bien que al menos por una vez me hubieras jalado de la ropa como un niño chiquito mientras pedías “quédate”.

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