Del día que me derribaron

¡Qué frío! No es que reniegue del invierno, pero lo cierto es que la poca tolerancia a las bajas temperaturas no es algo agradable cuando vives en un sitio con clima extremoso; lo único que quiero es llegar a ese café-bar que está en el centro para tomarme un delicioso irlandés…¡ejem! un café irlandés con un chorrito de wiskey, seguro eso me calentará aunque sea un poquito.

Empecé a acelerar mi paso a ver si eso me hacia entrar en calor pero mis manos ¡uff! sentia que las manos se me iban a caer a pedazos y al caer en el suelo se fragmentarían ¿dónde carajo dejé mis guantes?, frotaba una mano contra la otra, abría y cerraba abría y cerraba para que la sangre circulara, pero sólo conseguía que la gente me mirara como si estuviera un poco loquita o a lo mejor se me quedaban viendo porque nunca habían visto a un ser humano que personificara tan bien a Rodolfo el reno…pero heme ahí, caminando a un destino fijo y con un terrible dolor en las orejas, como si se fueran a desgarrar.

Absorta en mis pensamientos, sólo deseaba llegar a un lugar cálido y seguro, doblé en la última esquina y sólo sentí un fuerte golpe que me lanzó contra el suelo…

– ¡PERO QUE CAAAAAAAAR…!

– Lo siento, ¿estás bien? ¿puedes caminar?

Estaba a punto de responderle, tenía ganas de gritarle y lanzarle mi lista de insultos, abrí la boca dispuesta a elevar mi voz lo más alto que me fuera posible y nada nada nada, alcé mi dedo para señalarlo y de inmediato tuve que bajar mi mano como movida por un extraño impulso, hubiera jurado que sus ojos ordenaban a mis labios que callaran y a mi mano que retrocediera.

Miré mi mano extrañada, por un momento sentí que no me pertenecía, cerré el puño, él la tomó y me jaló hacia arriba para levantarme, tirada en el suelo me parecía enorme y sí, lo era, logró que me reincorporara tan fácilmente como una madre lo hace con un hijo.

Su mano era cálida, tibia, áspera y grande, sus ojos eran muy obscuros, la línea de su rostro era cuadrada y su aroma…su aroma era, tan dulce como el de ese delicioso café irlandés que esperaba por mí desde hace rato.

Intenté recobrar la compostura y justo cuando le iba a preguntar su nombre me interrumpió abruptamente para decirme:

– Lo siento, se me hace tarde, pero veo que ya estás bien.

– Gra-cias.

¿Gracias? ¿Por qué demonios le digo gracias si él fue quien me aventó al suelo por ir corriendo sobre una esquina?

¡Bah! Ojalá lo dejen plantado…

Diez minutos después llegué al establecimiento y un mesero muy amable me recibió con una carta en la mano:

– ¡Hola! ¡Pensé que ya no vendría! ¿donde siempre?

– Si, donde siempre, gracias; pues me retrasé un poco porque tuve un accidente a 8 cuadras de aquí.

– ¡No me diga! ¿Está bien?

– Sí, sólo fue una caída gracias a un tipo que…

– Por andar de prisa no se fijó si alguien venía cruzando la esquina y te derribó bruscamente -completó mi frase el hombre alto que hace rato fuera el causante de mi caída, yo ocupé mi asiento y lo miré con recelo.

– ¿Qué no ibas en dirección contraria? -le pregunté.

Se encogió de hombros y dijo -Hmmm, no, más bien iba en la dirección equivocada, ahora sí estoy donde debería estar, alejó la silla frente a mí y tomó asiento.

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