Silencios.

– ¿Qué silencios florecen en tus ojos? -le preguntó el poeta.

Ella, tan incipiente y novata en todo excepto en la locura, le respondió:

– Los silencios de mis ojos florecen por cada uno de los gritos que me trago.

Pero lo cierto es que estuvo a punto de darle una respuesta menos pensada, menos racional, menos analítica, ella se tragó, además de sus gritos, una respuesta más honesta:

– ¿A cuál de todas mis “yo” le preguntas eso? Porque a decir verdad, no tengo una sola respuesta para ese cuestionamiento.

Su “YO” atrevida le pudo responder: “¿Por qué no lo averiguas tú”.

La feminista y solidaria le habría dicho: “Los silencios de las que callan dolores y verdades sobre injusticia y violencia”.

La etérea, quizá la más cercana a su alma pudo responderle: “Los silencios del viento viajero que sopla durante las madrugadas de verano”.

La ascendida quiso decirle: “Los silencios de mis otras YO”.

Finalmente, su “YO” salvaje pensó que en sus ojos florecían los silencios de otros ojos reflejados en el momento justo de estallar un orgasmo.

Lo cual significa que sus ojos florecen siempre todos los silencios, todos los amaneceres, todos los gritos, los deseos, las pasiones, los hartazgos, los sinsabores, los latidos, los crepúsculos, las rabias, los lamentos, las alegrías, las danzas, los amores, los pasos, las revoluciones, los vuelos, los vientos y los fuegos…todos, en sus ojos, tan pequeños si, pero tan llenos, tan florecidos.

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