Hoy, viernes

Semana de contrastes, dura y con varias invitaciones a la reflexión y bastantes decepciones de todo tipo; aunque ya había dejado de hacer mis ejercicios retóricos, hoy me resulta imprescindible retormarlos, sí, por ese afán patológico que tengo por tratar de entenderlo todo, aun cuando la explicación no sea siempre de mi agrado o aún cuando esté fuera de mi alcance conocerla.

Y todo fue porque esta semana la comencé un poco indispuesta, debido a que sin pensarlo, en la euforia de mi emoción me ofrecí para apoyar en el curso de verano que organizaron dos compañeras de trabajo, yo pensando en que podría apoyarlas durante el tiempo que me tocara ir a la oficina, lo que no contaba era que mis vacaciones este año son 19 días, justo los días que durará el curso…pero ya me había ofrecido y ni modo, a levantarme temprano el lunes, lista y no tan dispuesta a apoyar en lo que fuera necesario.

Vale decir que tenía todo el fin de semana esperando la confirmación de algo, pero como el lunes había que recibir niños, arreglar pendientes y resolver imprevistos, me tomó toda la mañana verificar dicha confirmación que para la una de la tarde, cuando me pude dar el tiempo, fue negativa, primera gran decepción del día, de la semana, del verano y primera gran decepción en mucho tiempo… no podía hacer nada, cuestioné pero nunca recibí respuesta…o sea que en pocas palabras no importaba que yo estuviera decepcionada y que quisiera una explicación, hay ocasiones en que uno tiene que aprender lecciones que van más allá de la propia comprensión, entonces me dediqué a resolver los pendientes del resto del día.

Para la tarde, ya en casa tratando de entender lo sucedido, quise dejar de analizar y mejor me puse a escribir y al día siguiente no pude ir al taller porque algo me hizo daño (quizá mi estómago no soportó el mal trato del día anterior), pasé todo el día en casa, intentando nuevamente y en vano, de analizar, pero nada…así que lo dejé por la paz y nuevamente me puse a escribir, me refugié en mis propias letras y éstas no me defraudaron.

Por la tarde recibí una llamada de la organizadora del taller, a su madre la operarían al día siguiente por la mañana, una cirugía exploratoria que quiza debía convertirse en algo mayor si es que le detectaban cáncer…triste y muy mala noticia así que, tratando de cambiar mi actitud, me ofrecí para cubrirla, yo no sé si se deba a que recientemente – a principios de este año- mi padre estuvo hospitalizado por un mes a causa de una pulmonía agravada porque mi padre ya padeció tuberculosis hace unos tres años y sé lo que se siente tener un enfermo en esas condiciones tan delicadas y sobre todo sé que es agobiante la aprehensión de tener que cuidar de ellos mientras el mundo no se detiene para darte una mano.

Y justo esa fue mi reflexión del miércoles, me di cuenta de que la gente no está dispuesta a sacrificarse tan fácilmente, no por otros, generalmente uno piensa: si ya otro se ha sacrificado ¿cómo para qué iba a hacerlo yo también? Entonces tender la mano a nuestros seres más allegados, se vuelve a veces un lujo y no debería ser así, de tal modo que intenté modificar mi actitud pensando que si estaba en mis manos hacer menos pesada esta carga para mi compañera y amiga, tendría que hacerlo porque el mundo gira, porque no sabemos lo que ha de suceder mañana y mucho menos si quienes estemos en esa situación complicada seamos nosotros.

Justo ayer, asistió al taller un nuevo grupo, niños más grandes pero más vivaces, menos encausados, más desbocados…y entonces me di el tiempo de convivir con ellos a la hora del breake, justo a la mitad de la jornada, cosa que no había hecho hasta ese momento, contaron chistes y se peleaban por el turno, me hicieron agradable el momento y me acordé porqué me gustan los niños, porqué disfruto de sus locuras, de su espontaneidad, de su energía… porque todo es tan puro, tan honesto, tan recto que siempre le dan a uno ganas de regresar esos días.

Y bien, al final de la jornada en los talleres, mientras limpiábamos el desastre, platicábamos sobre los niños, sobre lo que podíamos tomar para próximos talleres y me llevé un buen sabor de boca, fui a llevar  a dos niños con sus padres que trabajar en otra área del edificio y cuando regresé, el tallerista se quedó arreglando algunos detalles mientras yo empecé a apagar las luces, recibí un mensaje en mi celular de mi amiga diciéndome que habían dado ya de alta a su madre, pero que estaba atorada con trámites y papeleo, le marqué para ver cómo iba todo y mientras hablábamos, el instructor se paró en la puerta y me dijo: salúdala de mi parte, por favor, le extendí a mi amiga el saludo, le dí ánimos y colgamos.

Entonces, el “profe”, como le dicen los niños, dejó su maleta en la puerta de la oficina, tomó una silla y se puso a platicar conmigo…o yo con él, pasamos así cerca de una hora y lo curioso era que antes de que él llegara para enviarle saludos a mi amiga (también amiga de él) yo sólo quería salir corriendo, pero una vez que nos pusimos a intercambiar ideas, la prisa y todo lo demás quedó en un segundo plano.

Cabe decir que cuando nos “conocimos” tuvimos un encuentro más bien ríspido y  yo me quedé con una idea muy equivocada de él por lo que durante los días que estuve ahí, me aparecía lo mínimo en la sala donde él imparte su taller para no tener que verle la cara, aunque cuando daba mis vueltas me pude dar cuenta de dos cosas: los niños le toman gran cariño y él a ellos…tiene facilidad para tratar con  niños y eso me hizo pensar: “tal vez no es tan mala onda”.

Pero hoy, que pasamos poco más de una hora hablando me di cuenta de que en realidad es una versión mía en masculino y claro, con otros filtros y detalles, pero muy parecido a mí, con una gran pasión por la vida, por lo que hace y con muchas ganas de no permitir que el mundo se vaya al carajo…y ahí estaba yo, rompiendo paradigmas gracias a un mensajero del universo que pude haber apreciado antes si no hubiera sido por mi tonto prejuicio y me vuelvo a preguntar ¿cuánto de la vida nos perdemos por culpa de los prejuicios tontos, por decisiones soberbias e infundadas, por miedo, por orgullo…? Yo me perdí de una semana de buenas pláticas que quizá me hubieran hecho más llevaderas mis decepciones pero, lo cierto es que seguramente en próximas ocasiones, antes de volver a prejuiciar, intentaré ser más libre, más intuitiva y más abierta.

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2 Comments

  1. Es que la mayoría de las veces nos cubrimos con una armadura infranqueable, lo curioso es que también llega a pasar que cuando abrimos una rendija, resulta que nos parten hasta el tuétano.
    Sin embargo vale la pena, darse la oportunidad de tratar con los demás. A mi me cuesta mucho trabajo hacerlo, aún más tener un espacio para compartir lo que creo y lo que siento, pero cuando se ha dado la oportunidad, he obtenido gratos instantes.
    Así que deberíamos darle una tregua a nuestro pinche afán de entenderlo todo, hay cosas que mientras más vuelta le damos, más hondas y dolorosas se hacen.

    Responder

    1. Supongo que nos encontramos en etapas similares en estos momentos: abrir las alas al sueño o dejarlas cerradas para que ya no nos partan la madre…esa es la cuestión. Yo estoy tratando de conciliar ambas cosas.

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