Humanidad y perdón.

El perdón hacia los padres es un proceso totalmente humano, es un camino que inicia  en el momento en que desmitificamos la figura “divina” y omnipotente que nos vamos creando acerca de nuestros padres y, en muchas ocasiones se completa hasta que tenemos a nuestros propios hijos…a veces más tarde…a veces, nunca.

No soy experta ni estudié psicología, sólo soy un ser humano que busca, en la medida de lo posible, aprender de las experiencias vividas; aunque ello no me libera de cometer errores.

Entre más inalcanzable y poderoso considere uno a sus padres durante la infancia y la adolescencia, más duro puede resultar la perdida del aureola divina que uno va dibujando sobre la cabeza de sus progenitores y ello es porque uno considera que los padres no son susceptibles de cometer errores; es lógico que en la medida en que los “humanicemos”, más fácil podremos comprender que, al igual que otras personas, son débiles, temerosos o imperfectos, pero al final de cuentas son lo mejor que tenemos y quizá su mayor mérito es haber sido nuestros padres a pesar de todo eso, a pesar de sus miedos, de sus defectos y de los nuestros.

¿Qué me reclamará mi hijo cuando crezca? Pfff…mil cosas: “Mamá ¿por qué eres tan neurótica?” “¡Mamá! ¡Déjame comer tierra!” “¡Mamá! ¡No tengo hambre, hoy sólo quiero jugo!” “¡Mamá! ¿Por qué me obligabas a bañarme?”  “¡Mamá! ¿Por qué me llevabas al médico por cualquier tontera!” “¡Mamá” ¿Por qué no vives con mi papá”

Y lo que le falta por vivir, los reclamos que le falta por acumular, al menos unos 20 años más de dudas y cuestionamientos hasta que por fin esté listo para comprender que su madre no es una diosa perfecta omnipotente ni omnisciente o infalible…sólo es un ser humano, muy defectuoso…muy humano.

Habrán de pasar más o menos un par de décadas para comience a darse cuenta que ni buena madre le tocó, que su progenitora es una mujer neurótica, miedosa, rebelde, que se la pasa peleándose con todo el mundo, que no le gusta conformarse con la injusticia y hace por ello un drama, que no se ajusta a la norma (¡Por Dios! ¿Por qué no pude tener una madre normal?) y por más que otros quisieran y por mucho que ella misma alguna vez lo intentara pasará mucho tiempo todavía antes de que el pequeño Strudell perdone a su madre y perdone el de hecho de que no es la madre que él hubiera querido tener.

No, por supuesto que no soy la madre perfecta, no es justificación porque nadie lo es; soy sólo una diosa de carne y hueso y no pido perdón ni ofrezco disculpas por ello, no puedo pedir perdón por lo que soy, antes más bien, puedo poner mi empeño en remediar lo que de mí le hace daño a los demás o lo que podría destruirme o destruir a los demás, pero nunca lo que soy.

En la medida que me acepte como soy será el grado en que me será más fácil aceptar lo que son mis padres y perdonarlos por ello y perdonarme por desear que fueran diferentes.

En nuestra cultura occidentalizada nos enseñan a ver a nuestros padres como santos e infalibles; nos enseñan y nos condicionan, “por respeto”, pero creo que a la larga eso daña más la relación y la visión que tenemos de quienes nos dieron la vida (vida que no pedimos, por cierto, aunque no por ello seamos unos ingratos), porque los alejamos de nosotros al verlos como los súper héroes que nunca se manchan, se rompen, se tiran a llorar o se mueren, los hacemos menos semejantes a nosotros.

¿Qué mérito implica tener padres superpoderosos? Creo desde mi particular punto de vista (del que no trato de convencer a nadie) que es más genuino admirar a tu padre cuando sabes que a pesar de tener tantas carencias, siempre hizo todo lo posible por darte lo que estuvo en sus manos, por criarte, por educarte…o no.

Tiene más peso luchar y lograr algo a pesar del miedo, el reclamo que todos hemos querido expresarle a alguno de nuestros padres (o a ambos) no es necesariamente señal de odio o rencor (lo es para quien no se ha convencido de la humanidad de sus padres), es quizá un intento por comprender, por estar más cerca de ellos; creo que es bueno que entiendan que sabemos de su esfuerzo, de su lucha, porque eso nos hace más agradecidos, nos ayuda a perdonarlos por no ser como los queremos y a nosotros por no ser como quisiéramos ser o como ellos quisieran que fuéramos.

El proceso del perdón es así, está lleno de angustia, de obscuridad, de obstáculos pero, en la recta final del perdón hacia la paz, el alma queda silenciosa para escuchar con mayor facilidad el llamado del amor.

No hay que tenerle miedo al caos que provoca en nosotros el proceso del perdón, al contrario, hay que tenerle miedo al silencio engañoso de la trampa que nos impide seguir caminando hacia la verdadera convivencia con los que nos dieron la vida y con los que están aquí por nosotros, a la armonía de un amor construido con la sólida base de la sinceridad.

¿En qué mundo es mejor vivir en el engaño que en la verdad? ¿En qué mundo es mejor vivir al pie de una montaña de nieve que podría derrumbarse sobre nosotros a la menor provocación que en un terreno fértil?

No, yo prefiero un mundo de verdad, construido por seres humanos que estén dispuestos a vivir con la frente en alto el proceso tan intenso y doloroso del perdón; prefiero ser una hija que supo distinguir entre los demonios propios que me impiden ser mejor hija de los errores de mis padres que me impiden ver lo bueno que tienen.

Espero por ello que un día mi hijo sea un adulto que entienda que el amor no se construye tras la mirilla de una puerta ni escondido en el cuarto de los tiliches sino en con la voz, sobre la superficie de todo pero que invade con luz y esperanza cada habitación de nuestra vida.

 

 

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2 Comments

  1. Que gran reflexión. Se tarda uno en comprender que los padres son seres humanos con defectos, con miedos, con deseos y frustraciones. Pero tienes razón, todo se debe a la aureola que se crea sobre ellos. No son dioses y cuando llogramos entenderlo así, comprendemos el gran esfuerzo que han hecho por sacarnos adelante.

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