La maldición del cuerpo

Hace treinta y cuatro años, una mujer estaba a punto de dar a luz a su segundo bebé; nadie sabe en realidad o quizá nadie recuerde si este segundo hijo era esperado y amado, nadie habla de eso en realidad.

Sin embargo, si hay algo que hasta la fecha es recordado por la madre de aquella bebé que nació una cálida mañana de primavera: no se acuerda el momento en que dio a luz, ni recuerda cómo fue el primer llanto de su bebé y no tiene memoria de cómo se veía la que ahora es una mujer, no tiene una imagen registrada del color que tenía su pequeña cuando vino al mundo, así que no puede decir si era rosa, morada o azul, como casi todos los bebitos que nacen por la vía natural.

La madre recuerda haberse quedado dormida antes de que su bebé naciera y recuerda también el momento en el que despertó, la niña ya formaba parte del mundo, fuera del vientre que la albergó por 9 meses.

Así es que, cuando la niña lloró por primera vez nadie escuchó su llanto, ningún corazón se llenó de amor con las primera notas emitidas por la garganta de este nuevo ser humano, ningunos ojos de tornaron alegres y ninguna piel se estremeció hasta las lágrimas en el momento en que la bebé sintió frío por primera vez en su vida.

Sólo estaba el personal médico que se ocupó de lo habitual.

No obstante, existe algo que al parecer fue el único rastro del paso de la bebé por el canal de parto: un dolor –permanente, asegura la madre- en la cintura que ella afirma fue la secuela de ese parto, al parecer por la inyección epidural que reciben algunas parturientas para aliviar los fuertes dolores que provocan las contracciones y el trabajo de parto.

Fue por esa razón que desde su nacimiento y durante toda su infancia  y adolescencia, la niña, con el poder de su pensamiento fue tejiendo un capullo alrededor de su cuerpo al principio por haber venido al mundo sola, con su esfuerzo propio y luego cada vez que su madre o alguna de sus tías o su propia abuela decían cómo por culpa de aquel segundo parto, la cintura de su madre quedó lastimada… era aquel un dolor con el que tendría que cargar de por vida.

La niña pronunció un hechizo contra sí misma para atar su propio cuerpo, jamás le estaría permitido disfrutar de él ni lucir su belleza, fuera cual fuera la forma que adoptara: rolliza, flacucha, larga, baja, sensual…

¿Qué derecho tenía la niña de amar su propio cuerpo cuando éste había sido el culpable de las dolencias de su madre? No, desde entonces, le estaría prohibido todo placer procurado por el cuerpo, desde el más simple como lo es el caminar, hasta los más elevados como danzar al ritmo del universo.

La gracia desapareció de aquella niña y no fue sino hasta que su corazón logró recordar el momento justo en que pronunció el hechizo, cansada de tanto escuchar que a partir de de su nacimiento su madre sufría terribles dolores y avergonzada por ser ella la causante de aquellos padecimientos, prefirió hacer como que en verdad era un ser etéreo, tratando de molestar con su presencia corporal lo menos posible y haciéndose como invisible para que otros no notaran su torpeza.

Aquel hechizo hacia que la niña no pudiera ver ni sentir la carne de sus pies ni de sus brazos y manos, ella sólo podía sentir sus huesos, era como una descarnada que andaba por el mundo mostrando su esqueleto y que además, tenía que presentarse ante el mundo con la pena de no poseer piel, aunque esa era sólo su percepción, porque la gente la veía completita, incluso había quien la encontraba muy mona, monísima, pero ella no se lo creía por culpa de la percepción equivocaba que tenía sobre sí misma.

Un buen día, la niña, ya convertida en una mujer adulta, encontró un libro de hechizos, comenzó a leerlo hasta llegar a un capítulo cuyo título llamó su atención: “CÓMO ROMPER LOS HECHIZOS DEL CUERPO”…y entonces, los recuerdos de su infancia y de los amargos momentos en que escuchaba las recitaciones de sus tías, su abuela y su madre en las que ella aparecía como la culpable de las dolencias físicas de su progenitora.

Pronunció el contra-hechizo para liberar su propio cuerpo y entonces recordó todo como de golpe, recordó el preciso momento en que ató su cuerpo y cómo desde entonces se sentía como un ser humano fuera de lugar, sin derecho a disfrutar de su cuerpo y casi como si fuera una muerta viviente por su apariencia esquelética, la que claro, sólo ella percibía.

Sus pies dejaron de verse huesudos y sus brazos y manos ahora estaban cubiertos por carne y piel, las sensaciones volvieron y entonces notó que el frío y el calor la hacían sentirse viva y feliz.

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