Los raspones de la vida…

Justo esta tarde pensaba: tengo que ponerme a escribir ya, otra vez, tengo que retomar la disciplina y darle una desempolvada a mi blog pero ¿de qué escribir? Abrí mi computadora, entré al escritorio de mi blog y justo en eso escuché un golpe seco, fuerte, de mi garganta salió un grito agudo y acto seguido como resorte me levanté para ir por mi “pollito” que ya estaba llorando de dolor…un golpe en la cabeza contra la pared, producto de su locura irrefrenable y de su vivaz carácter, lo abracé y miré su rostro, nada fuera de lo normal, se tocaba en la boca, aunque el golpe había sido en la parte superior de la sien izquierda (pero ya sabemos que los niños nunca se tocan donde deben) le daba agua, pero él seguía llorando, me abrazó y bajé las escaleras hasta el patio para que se distrajera un poco y pudiera respirar un poco mejor ya que hoy ha hecho mucho calor.

Cuando salimos por la puerta trasera al patio, mi pequeño Strudell de Manzana ya no lloraba, entonces lo bajé y fue en busca de una palita amarilla de juguete para comenzar a “apalear” tierra.

Así estuvo un buen rato, más de una hora, el tiempo suficiente para que la última carga de ropa se lavara; poco antes de entrar de nuevo a la casa, abrí otra vez mi computadora, para entonces Adrián encontró un nuevo entretenimiento, pintarle adornos a mi ropa negra recién lavada, sus pequeñas manitas se iban marcando en mis pantalones y entonces descubrió la frescura de la ropa recién exprimida, así que corría de un lado a otro del tendedero, dejando que la ropa le cayera en la cara, hacía soniditos de satisacción y yo, sentada miraba de cuando en cuando para vigilar que todo estuviera bien, pero resulta que los niños siempre van en contra de toda posibilidad, siempre superan nuestra capacidad de asombro y sobre todo, creo yo: las Leyes de Murphy se inventaron por ellos…mi mente viajaba de un tema a otro… ¿de qué escribo?…¿de qué escribo?…¿de ….q-u-é…?

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! Otro grito de dolor y otro salto de tigre fuera de mi asiento, Adrián caminó hasta mí con un pómulo hinchado por la raspadura de una madera contra la que existía una remotísima posibilidad de que se golpeara y sin embargo, su carita logró arreglarselas para golpearse contra ella…se tocaba las rodillas y entonces lo tomé en mis brazos, frotándole todo el cuerpo para tranquilizarlo, nos quedamos un ratito sentados en la silla en la que yo estuviera antes y cuando se pudo calmar un  poquito, al verlo lleno de tierra le pregunté ¿nos vamos a bañar?  Ya se había bañado temprano, pero en los días calurosos, siempre agradece un baño vespertino o nocturno y más si acaba de jugar con tierra. Asintió y entonces, como todas las tardes desde hace algunas semanas, preparé su tina con agua calientita…ya había comido, así que bebió un par de pediasures y mientras yo guardaba ya los últimos suéteres, se acomodó para dormirse y cerró los ojos.

***

Hace rato que Adrián duerme…yo guardo y doblo ropa y trato de acomodar juguetes regados por todos lados…mi pastelín de manzana se mueve de la posición en la que duró casi una película completa y noto que hace un gesto de dolor, llora y trata de levantarse, lo tomo en brazos nuevamente, nos quedamos así un largo rato, doy un paseo por la casa para descanse de la posición, siento que le duele la cara y la sien, los dos golpes que se dio no ayuda para que pueda acomodarse…por un lado tiene un golpe en su sien izquierda y un raspón con hinchazón leve en el pómulo derecho…pobre pollo…trato de tenerlo en mis brazos lo más que puedo y entonces él mismo busca la cama…

***

Cuando al fin se pudo acomodar, yo fui por la bolsa donde guardo las cosas de Adrián “para salir” y voy por lo papeles necesarios para correr al hospital por si hace falta, luego pensé: no me voy a quitar la ropa, si es preciso me quedo vestida para no perder tiempo…sigo pensando tontera tras tontera…nada, entonces llega mi hermano, me señala a Strudell, como siempre lo hace cada vez que llega a casa, como diciéndome: míralo, quién lo viera tan tranquilo dormido y nosotros sabemos que es un torbellino humano…entonces, como para dejar salir mi aprehensión le cuento lo que sucedió y me dice: no te preocupes ¿hace cuánto está dormido?  y respondo que como a las 7 (lo que es normal cuando no duerme a medio día) y me pregunta otra vez ¿a qué hora se golpeó? y le respondo que poco antes de que él se fuera…”ya hubiera vomitado o pasado algo…” -¿Para qué tiene uno hijos Nacho? ¿Para eso verdad? Para que te quiten la tranquilidad ¿verdad? -le pregunté. –Si, para eso, no hay una cosa en la vida que te quite más la tranquilidad que los hijos- me dice.

***

Entonces respiré profundo, cerré los ojos y pensé en las risas de hoy: recordé cuando Adrián se carcajeó al escuchar en la televisión que alguien enfatizó la palabra FAMILIA y entonces fue hasta mí para repetirme: a-alaaaaaaaaaaaaa…o de cuando canta la última parte de una de las canciones finales de Expreso Polar “if you just believe”, aunque a él se le escucha algo así como “iu yaaaaa a-taaaaaaaaa”… entonces pienso: ¡Sí, por eso tiene uno hijos! Para que se te oprima el corazón cada vez que les pasa algo, cada vez que lloran, cada vez que los tienes que detener para que los inyecten, cada vez que tosen y entonces piensas “ya se enfermó”, para desvelarte junto a su cama cuando sea necesario, para hacerles cosquillas, para jugar con ellos, para despertar antes que ellos y ver su rostro en completa calma y acercar tu oído a su naricita y advertir su repiración, para sentirte torpe, la más torpe del mundo cada vez que se hace daño, para acordarte del día en que escuchaste su corazón por primera vez latir con la fuerza de mil caballos galopantes, cuando lo sentiste moverse por primera vez en tu interior…para eso tiene uno hijos, para perder la tranquilidad, para poder entender que el mundo nos trasciende, para luchar contra el egoísmo y amar, amar de una forma en la que uno no puede imaginar hasta que lo vive…aún cuado el sueño ya no es el mismo, aún cuando la tranquilidad se convierte en un concepto abstracto y lejano…Gracias Adrián por venir a enseñarme que vale la pena estar aquí.

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