Un tico, un moreliano y un llanero

Curiosa es la vida y extraños son la mente y el corazón. Yo tenía 21 años, cuando viajé a estudiar a Puebla y sin duda debo decir que en retrospectiva, esa fue una de las mejores épocas de mi vida (no cuento por supuesto la llegada de Adrián, ese es asunto aparte).

Yo llegué a Puebla un domingo 2 de agosto de 1998, pasé la noche en la casa de doña Isa, que iba a ser mi hogar hasta diciembre, cuando terminara el diplomado que iba a estudiar en compañía de otras 30 personas, entre ellos, Chavita, mi compañero de trabajo.

Un par de días atrás comenzó a  llegar gente, así que no éramos los primeros, pero tampoco los últimos; la casa de Chavita sería otra, la casa de la hija de doña Isa y tendría dos compañeros más, a quienes conocí el lunes temprano porque todos nos reuníamos a comer en “mi” casa.

Yo estaba sentada a la mesa, muy concentrada escribiendo cartas para mis amigas de Chihuahua, contándoles de mi llegada y de cómo parecía marchar todo (excelente).

Ya en la madrugada había conocido a mi compañera de cuarto Macarena, con quien platiqué toooooooda la noche, al día siguiente ella se levantó un poco más tarde porque tenía al menos unas 72 horas sin dormir por su larga travesía desde la región más lejana de Chile; llegó con su guitarra a la espalda y una gran maleta de “mochilera”, no desempacó, sólo se alistó para dormir, aunque no dormimos, charlamos y charlamos y a mi me encantaba escuchar su acento y su educación para hablar.

Casi al medio día, me encontraba a la cabeza de la mesa, a un brazo de distancia se encontraba la puerta principal de la casa y un metro más lejos, la cocina, por donde estaba la puerta de servicio, si alguien entraba por ahí, primero tenía que salir de la cocina para verle.

Así que luego de Macarena, mi segundo encuentro fue el de mi gran amigo, con quien por cierto he perdido todo el contacto, el Gran Chamán, Leoncio; no existe, entre mis 30 compañeros, una persona cuyo primer recuerdo tenga más presente, quizá porque su rostro fue el único que vi solo por primera vez,  aunque llegó junto con Chava y Juan Carlos, quienes eran compañeros en la casa de la hija de doña Isa; él entró primero, su rostro dibujó una grandísima sonrisa cuando levanté el rostro para ver a quienes correspondían las voces que escuchaba desde el comedor; alto, muy alto, delgado y moreno, con un gran par de entradas en su cabello crespo y un par de ojos obscuros muy brillantes, como los de un niño.

 La verdad es que no recuerdo si seguí escribiendo y me preguntó qué hacía o dejé de escribir y me preguntó qué hacía, pero sí recuerdo muchísimas cosas que me hubiera gustado atesorar con más fuerza, quizá porque entonces, al ser más joven, no compredía muy bien lo que iban a valer esos recuerdos para mí.

Era mi compañero en los viajes que hacíamos, él tenía un cuatro y empezó a enseñarme a tocarlo, él lo hacía magníficamente y yo sólo lastimaba los oídos de mis compañeros que buscaban dormir un poco mientras nos trasladaban de una ciudad a otra; luego, cuando me daba cuenta, mejor me ponía a gritar, a mi me divertía ver los rostros de mis compañeros, todos mayores que yo, mientras vociferaba “al ritmo” de alguna canción.

Hoy, aquellos días que se quedaron el recuerdo, me dejan un buen sabor de boca; aunque quizá, si me hubiera tocado vivirlos con la experiencia y la edad que tengo, es posible que todo hubiera marchado por otro lado.

Quizá si la Martha de entonces hubiera sido la Furia de hoy, sé que hubiera sido menos superficial (y no porque hoy sea muy profunda) y en lugar de sentir mariposas por otros, las hubiera sentido por el Gran Chamán, con su corazón de oro y su delicadeza para tratar a la gente, con su atropellado acento llanero y su estupendo talento para tocar el cuatro, pero también es muy posible que en lugar de Strudell, a mi vida hubieran llegado un par de hermosas niñas, con profundos ojos obscuros y acento llanero.

Nadie lo sabe, tal vez si entonces hubiera sido la de hoy, no me hubiera fijado ni en el tico ni en el moreliano, los que por cierto no me hacían caso, dicho sea de paso, pero cuando una es joven es más tonta, se deba llevar por otras cuestiones y a veces se ciega ante lo que suele ser más profundo y duradero y entonces algo me hace pensar que el destino existe aunque uno tiene la opción de modificarlo porque tenemos la capacidad de tomar decisiones por nosotros mismos y entonces, el hecho de haber visto en el Gran Chamán a un compañero romántico hubiera cambiado mi vida radicalmente y justo en estos momento, yo no estaría escribiendo desde aquí…

Hoy, no me arrepiento, pero sí me pregnto ¿qué si… ?  La vida es misteriosa, maravillosa, intrínseca y terrible…

Sin embargo, yo guardaré en mi corazón, aquella primera imagen, aquella primera sonrisa… y aunque ya pasaron más de 12 años, en mi corazón, mi amigo Leo, siempre será, con su cuatro entre las manos, el Gran Chamán.

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