Chiquitita…

– ¿Qué tan mal bailas?
– Es que ni siquiera lo hago mal, en realidad no bailo.

Y luego me puse a explicarle que no sabía exactamente la razón por la cual no bailo, simplemente le dije que era un aspecto que tenía reprimido desde hace mucho tiempo, es algo que tengo totalmente bloqueado.

Después de eso, me pasé todo el fin de semana pensando en eso… cuando fuimos a la fiesta de aquel niño y todo porque me encontré a algunas ex compañeras de la secundaria a las que ya ni recordaba pero que por mala suerte, ellas sí se acordaban de mí,  luego dí fácilmente con los nombres, hice como si no me acordara e intenté mirarlas como si las viera por primera vez, el problema es que soy buena fisonomista y difícilmente olvido un rostro… ¡¡Demonios!!

Y ahí estaban, tan señoras, tan casadas, tan felices de su vida social, mientras que yo, en mi eterna adolescencia, tratando de educar a un bebé que va a terminar educándome a mí, me pregunté muchísimas cosas, me pregunté ¿por qué nunca me gustó la secundaria? ¿por qué esos años los pasé con tanta carga en la espalda prefiriendo leer un libro que usar tobilleras para enseñar las piernas? ¿Por qué para mí era más satisfactorio aprender, leer y adquirir conocimiento que ser popular y asediada? Y eso no fue fácil considerando que en mi grupo, precisamente, existían los especímenes femeninos más admirados por la escuela, los más populares…

No sé, quizá no soy tan especial, quizá sólo soy el claro ejemplo de que la masa es la que dicta lo que debe ser o un experimento controlado en el que resultó que mi baja autoestima tiene que ver con mis experiencias de la secundaria, no lo sé, intento vislumbrar en ese asunto.

Me acuerdo que algunos meses antes de embarazarme de Strudell, entré a estudiar danza árabe, quería experimentar la sensación del baile que por cierto, se asocia con muchas cosas, pero que yo en lo personal relaciono con la libertad.

Creo que tengo un exceso de libertad de pensamiento y me quedé corta en otros aspectos, durante toda mi infancia y adolescencia luché por defender mi libertad de expresión pero algo me falló, olvidé que no sólo se trata de la defensa de las ideas, sino de una defensa personal en la que esté incluído tu propio cuerpo, tu casa, tu santuario.

Me extralimité cultivando mis habilidades retóricas y dejé de lado mi capacidad para escuchar lo que mi interior tenía que decirme y eso debí entenderlo hace muchos años, cuando una amiga muy querida, me agarró en una de las etapas más depresivas que he tenido en mi vida y me dijo: escucha esa canción y recuerdo que lloré y lloré como magdalena… -Lo que te hace falta es bailar, bailar y soltarte, que nada te importe, que no te importe si te ven, si te critican, bailar hasta que te canses…

Hoy, a más de una década, no he bailado…espero que no falte mucho para poder soltar algunas cuerdas que me tienen amarrada y quizá lo haga al ritmo de Chiquitita.  

 

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4 Comments

  1. La secundaria es, quizá, la época más importante en la vida de una persona.
    Y lo es precisamente por ser ahí donde se forja el carácter.
    Sí, baila Chiquitita, si es que se baila. Quien sabe, igual y tenemos a toda una maja bailaora en potencia bajo esos anteojos cuadrados.

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