Silvar, cantar…besar…

Me subo, pago y elijo la sexta banca; me siento del lado izquierdo junto a la ventana aunque es del lado que pega el sol porque a veces me gusta ser bañada por los rayos de este sol desértico que desde su salida abrazan sin piedad a todo el que se deje.

Justo delante de mí, va sentado un señor maduro, con la cabeza cubierta de canas y una camisa azul tipo polo; dos asientos más adelante se encuentra una jovencita que cuando mucho tendrá unos veinte años trae puesta una blusa que quizá yo usaría si tuviera más confianza en mi misma y un peinado cuidadosamente despeinado, justo a su lado, en el tercer asiento pero del lado derecho, un par de mujeres con pantalón de mezclilla, ambas con el cabello largo y muy lacio, súper lacio y sedoso, una lleva puesta una blusa color lavanda y la otra una blanca, ambas pasaditas de peso y con sus rostros del tipo bebé, redondeados y rosados; un asiento adelante de ellas, la mujer pequeña y graciosa que en esta ocasión se subió sola, sin su gran hombre que la cubre toda con su gran “espalda plateada” y sus largos y enormes brazos.

En el primer asiento, al lado del pasillo justo del sitio contrario al chofer, una mujer de proporciones amplias, de cuerpo generoso y edad madura, de esas que irradian belleza a pesar de no ser bonitas, de cabello rubio (probablemente a causa de un tinte) rizado, chinito chinito, conversa animadamente con el chofer y cuando subimos al centro, en la Plaza de las Fuentes Danzarinas, atrás de Casa Chihuahua, justo donde el camión da vuelta para bajar por la Josué Neri Santos para cruzar la Niños Héroes y tomar la Julián Carrillo, ella se levanta de su asiento, se acerca al hombre que conduce el camión, todo canoso y de rostro serio, se inclina para besarlo, le toca la mano y le dice algunas palabras que obviamente no alcanzo a escuchar, él la sigue con la mirada hasta que sus pies tocan el suelo y ella se da la vuelta, para mirarlo y despedirlo sin palabras,  los ojos de ella parecen extraña e invisiblemente unidos a los de él, se regalan una sonrisa y ella da unos tres o cuatro pasos para quedar mirando el semáforo que se encuentra en rojo, él echa a andar el camión y se queda silvando y tarareando.

Unas cuadras más adelante me bajo del camión y durante los casi mil metros que debo caminar para llegar a la QG me quedo pensando en que la juventud no se nota en la agilidad de las piernas sino en la capacidad para besar y dejar silvando y tarareando al objeto de tus besos…

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