Decisión

Para algunas, los hijos son una consecuencia inevitable del matrimonio; para otras, un mal cálculo; para otro grupo los hijos son un completo error; están también las que prefieren ser sólo tías (aunque a veces son más mamá que la propia) y finalmente están aquellas para quienes los hijos son un deseo profundo.
Yo me puedo considerar del último grupo, porque Strudell vino como la consecuencia de un profundo deseo que, por cierto, no se puede reducir al simple y primitivo deseo sexual, sino que fue algo más allá; si bien no puedo decir que soy la mejor madre del mundo, incluso ni siquiera cerca de ser buena, aunque no por ello signifique que sea menos madre, también es cierto que mi deseo de ser madre me llevó a vencer miedos, barreras, estereotipos, prejuicios y sobre todo inmadureces e incapacidades.

No sé qué tenga mayor mérito, si el aventurarse en la tremenda locura de los pañales y la educación, las noches de desvelo, las preocupaciones que se multiplican exponencialmente, el miedo a morirse, en la soledad de la existencia o el tener un hijo sólo porque así debe ser cuando uno contrae matrimonio.

Seguramente habrá quien me señale como una irresponsable por haberme aventado al acantilado solita y sin paracaídas, tendrán sus motivos para hacerlo; pero yo creo que la vida es más que sólo hacer lo que el resto del mundo juzga como lo correcto, actuar de la forma en que los demás esperan que uno actúe es como probar siempre el mismo sabor, cuando se tiene la posibilidad de experimentar cada día algo nuevo.

Me niego a creer que los hijos son una consecuencia directa e ineludible del matrimonio, porque entonces tampoco ahí se estaría ejerciendo la llamada “paternidad responsable“, ya que no se ha pensando en lo que implica ser padre o madre, pero como los hijos vienen luego de las nupcias, entonces no hay motivo para plantearse y replantearse la enorme responsabilidad que implica traer un ser humano al mundo.

Ser padre, madre o ambos al mismo tiempo implica el mayor de los esfuerzos que pudiera realizar cualquier ser humano, mayor que dirigir una nación o una empresa, porque la crianza de los hijos implica tratar de manera directa con otro ser humano, un ser humano que es la perfecta analogía de un diamante: infinitamente hermoso, maleable y duro.

Es cierto que los bebés y los niños son seres tremendamente resistentes, sin embargo ello no significa que podamos actuar con negligencia ante ellos; me han cuestionado por tratar de poner como mi mayor prioridad al pequeño ser humano que vino al mundo hace prácticamente dos años y cuya sonrisa es lo primero que miro por las mañanas mientras sus enormes y brillantes ojos me contemplan con curiosidad; pero también he tenido que luchar contra la incredulidad de que mi más ferviente admirador sea el motivo más grande de mi existencia y sé de antemano que ello se debe a que pocos seres humanos pueden sacrificar su vida por otra persona y más aún pueden dejar de lado muchos aspectos que en apariencia son indispensables como una pareja.

No creo que el amor de madre sea un sustituto del amor de pareja, para nada y repruebo a quien lo vea así; no obstante, todo consiste en una sencilla palabra: decisión.

Hace casi tres años, tomé una decisión y aunque visualizaba lo complejo del paso que estaba a punto de dar, mi mirada no llegó ni remotamente al sitio en el que me encuentro ahora, quizá no como una mujer más madura, pero sí más consciente de todo lo que implica el complicado camino que elegí.

No es posible responder a la pregunta ¿si supieras todo lo que ibas a vivir al ser madre, lo harías de nuevo? El hubiera no existe y no hay segundas oportunidades, solamente existe el presente y la abstracción de lo que queremos del futuro, pero para ello, lo importante es actuar.

A veces me pregunto cómo sería mi vida sino tuviera la patológica tendencia a complicarlo todo, a racionalizarlo todo, a cuestionar si de verdad estoy en lo correcto, no lo sé, no sé cómo sería mi vida sin esa tremenda incertidumbre que a diario me sobrecoge, pero algo es seguro: no quiero una existencia en donde esa sensación quede fuera y es por lo que mi hijo, de ser un profundo deseo ha pasado a convertirse en la motivación más incierta y abrumadora, en el motor más aterrador y conflictivo y en la razón más ilógica y pura de mi vida.

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2 Comments

  1. Es lo que te decía el otro día, de verdad me encanta verte de mamá, ahí correteando tras el espartano. Además como bien dices, fue una decisión, tal vez la más grande de tu vida, pero vale la pena, cada raspón, herida, llanto, que tienes que enfrentar vale la pena.

    Es casi imposible dejar de volcar la vida en los pequeños seres que nos hacen fuertes y a la vez nos atormentan. ¡cómo dejar de amar a esos pequeños tirandos dictadores¡

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