Sueño y descanso…

Ayer despertaste llorando cerca de la media noche, dejé de intentar calmarte con mi voz porque ya sé que no es muy dulce, todo lo contrario -por eso siempre seguiré insistiendo en que me veo más como papá que como mamá- así que me limité a abrazarte, poner tu cabecita recargada contra mi pecho para que oyeras los latidos de mi corazón y supieras que ahí estaba contigo, que el olor que percibías era el mío y el “bum bum” en tus oídos era mi corazón que intentaba guardar la calma para poder calmar tu angustia; hacía mucho que no pasaba esto, supongo que tuvo mucho que ver tu berrinchito de la tarde, lo bueno es que ya no me pesan tanto tus exabruptos ni tus gritos (aunque todavía me ponen un poco nerviosa).

Quizá fue sólo que ayer hiciste tanto ejercicio que yo me cansé como tres veces; no sé de dónde sacas tanta energía, ya quisiera yo tener la mitad de tu fuerza, tu audacia y tu luz; recuerdo cuando Marta García Renart, quien te conoce desde que éramos uno solo, al verte corriendo, después de dos años me dijo: es un experimento; si ponen a un futbolista a seguir a un niño como Adrián durante 15 minutos y que haga todo lo que él hace, no le aguanta ni diez minutos…

Y le creo, yo vivo agotada desde el segundo día que respiraste el aire de este mundo; porque el primero, debo decir, fuiste el nene más tranquilo sobre la faz de la tierra y recuerdo bien nuestra noche en el hospital, fue una completa ironía, porque yo era la única mamá que tenía en sus brazos un bebé tranquilo que no se despertaba con el efecto dominó del llanto, era por lo tanto la única que pudo haber dormido como un tronco, pero no fue así, era increíble como no me cansaba de mirarle, de olerte, de tocar tus manitas que eran tan grandes para tu tamaño (y eso que no eras un niño pequeño), de besar tu cabeza llena de cabello igual que todo tú, pero esa fue la única noche, la última noche tranquila de mi existencia, era como un presagio… ya me lo decía Fabiola “duerme, duerme mujer, duerme mucho porque ya no podrás hacerlo de nuevo”.

Cierto es que ya duermes la noche completa, lo haces desde los tres meses, pero mi sueño ya no sigue siendo el mismo… no lo será nunca más…

Pero tu llanto no era de dolor, ni de miedo siquiera, era de ¿enojo? ¿angustia? Algo mezclado, intenso pero corto, por fortuna y luego como si fueran las 4 de la tarde, comenzaste a brincar y a correr; tomaste esa camioneta amarilla y te pusiste jugar con ella, te llevé de nuevo al cuarto y obviamente no se te veían ganas de dormir, dejé prendida la televisión y primero me quedé dormida yo… hoy en la mañana, lo primero que vi fue tu cara, sonriendo, lo que tomé como un agradecimiento tácito, casi como si dijeras: gracias mamá, por velar mi sueño…

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2 Comments

  1. También hay que disfrutar esos desvelos y carreras, el tiradero de cosas y los asuntos de exploradores. Llega pronto el momento en que ya se convierten en unos jovencitos que buscan su propio camino, entonces uno comienza a extrañarlos.

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  2. Ya me dí cuenta el domingo, te digo que me da miedo cada vez que veo a Dwende…puff, y me pregun ¿cuándo pasó tanto tiempo? ¿En qué momento el nene dejó de serlo y creció para estar más alto que yo? (claro está que ese no es mucho mérito, jejeje)

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