Desmitificación

Con mi sincera y sentida felicitación a todos mis amigos, conocidos y compañeros padres… ¡Felicidades en su día!
“SOY MADRE”, sí… y por hechos circuntanciales combinados con mi obstinada imperfección también me ha tocado ser padre y digo “me ha tocado” porque el plan original era un poco diferente, aunque la verdad, de eso no me quejo… no me quejo, sólo analizo en mi afán por entender.
En mi infancia, crecí escuchando la frase “eres igualita a tu papá” y entonces, comenzó ahí la primera parte de mi condicionamiento, luego, al llegar a la adolescencia la frase sufrió una modificación “eres igualita a tu papá, por eso siempre están de pique”, y entonces se completó el condicionamiento que siempre provino, invariablemente de la misma fuente: mi madre.
Y entonces sí, así sucedió, tal como ella lo predijo, durante toda la adolescencia yo crecí con la idea de que mi papá era el malo de la película y siempre le eché a él la culpa de todo, hasta que un buen día, en una conferencia, algo dijo la ponente que me detuvo en seco, me hizo redimensionar las cosas y pensé: si soy igual a mi papá, lo lógico es que sea con él con quien me lleve bien, porque si tenemos ideas similares y procesos similares, entonces él y yo deberíamos ser aliados y no enemigos; comencé a mirar las cosas desde otra perspectiva: mi problema no era contra mi padre, sino contra mi madre, pero se escondía tras un extraño velo, porque personas como mi padre y como yo solemos ser etiquetados por nuestras reacciones primarias y la gente siempre se queda con eso, cuando en realidad hay que entender más que la parte instintiva, pero de eso tampoco me quejo, al contrario, es una parte mía que aprendí a aceptar cuando entendí que era una de las cosas que tenía en común con ese señor “gruñón” y más todavía cuando me enteré de que la “gruñonería” de mi papá era el resultado de una infancia muy infeliz, la mía, creo yo, era sólo aprendida.

Aquel proceso, según la conferencista, era algo complejo porque uno siempre idealiza a la figura materna: la perfeccionamos, le sacamos brillo, la pulimos, la idealizamos y la colocamos en un nicho, le prendemos veladoras, le rezamos novenas y cuando menos nos damos cuenta, nuestra madre es la mujer más santa y perfecta del mundo, es intocable y tambien, inalcanzable, creamos un mito.

Luego polarizamos la situación familiar y hacemos de nuestros padres la contraparte del lado materno, ya que así ha sido desde hace muchas generaciones, alguien debe ser el malo de la película, alguien debe hacer el trabajo sucio y no es necesario ser adivino para saber a quién le cargamos ese trabajo: al papá.

Pero lo cierto es que no debería ser así, padre y madre no deberían ser distintos para un niño, ambos deberían conformar para él, una misma realidad, quizá para mí es fácil decirlo porque me toca ser ambas figuras, no obstante, eso fue algo que yo aprendí mucho ante de que Adrián viniera a este mundo, fue algo que comprendí cuando inicié, por iniciativa propia, el proceso de desmitifación de mis padre, justo cuando entré en la edad adulta.

Y sucedió, comencé a ver las diferencias radicales entre personalidad y pensamiento; entonces me di cuenta de que mis padres son sólo un par de ser humanos; mi madre no era una santa mujer, no lo contrario, ciertamente, pero al ser ella la poseedora de la responsabilidad de formarmos, ya que mi padre salía a trabajar para darnos sustento, lejos de inculcarnos respeto por mi papá, nos creó una especie de miedo combinado con rechazo hacia él, cuando lo que en realidad necesitaba era una mayor comprensión por la triste niñez que le tocó vivir y entonces ella era el día, la luz, la bondad, mientras que mi padre, sin más opción tuvo que aceptar el papel de la noche y la gruñonería.

Pero lo cierto es que se trata de un par de personas, cuya historia de vida uno sólo conoce en parte y por ende, díficil resulta entender qué los llevó hasta el momento en que decidieron unir sus vidas para formar una nueva familia.

Muchos años duró mi proceso de aceptación y perdón, mi padre que era el villano de cuento dejó de serlo para convertirse sólo en Tony, mientras que mi madre dejó de ser la inmaculada para transformare en Yoya; fue entonces cuando todo pareció tomar su lugar y adoptar su justa dimensión, con sus detalles, claro está.

Al entender que mi papá tuvo una infancia muy triste y dolorosa, entendí que sus enojos y su falta de calidez no habían sido una compra de oportunidad, sino el resultado de una serie de sucesos que marcaron su vida y cuando ví a mi madre sin ese velo de perfección y santidad, entonces pude perdonar que nunca se mostrara más cariñosa y comprensiva conmigo que con mis hermano mayor y mi hermana menor, entendí que si tenía un preferido entre sus hijos, obviamente no podía ser yo, sino aquel que con el que tuviera más cosas en común.

Ahora que soy mamá, no me siento con más derecho para juzgar, ni me siento más perfecta, todo lo contrario, la llegada de mi bebé, me hizo volver a iniciar un proceso para redimensionar mi realidad, tener un hijo puso de manifiesto, más que nunca mis miedos, frustraciones, traumas e imperfecciones; gestar y parir no me hizo más sabia en automático, al contrario, cada día que pasa me doy cuenta de lo pequeñita e imperfecta que soy, me recuerda lo poco que sé acerca de la vida, me sobrepasa, me sobrecoge y me aterra, porque lejos de creer que tener un hijo es un motivo de orgullo, más bien creo que se trata de la mayor responsabilidad que uno puede tener y nos es concedida como signo de buena voluntad por parte de la vida, sin pedirnos garantía.

Cuando me encuentro jugando con Adrián y él mismo me pide espacio, me alejo y me mantengo a la saga, observándolo, contemplándolo, admirando la gran capacidad que tenemos los sere humanos para ser una entidad lejana y única, llena de posibilidades con todo un futuro por delante y sólo pienso: ojalá no cometa una gran equivocación, ojalá algún día me perdone, ojalá y algún día me vea tan imperfecta como soy y aún así me siga amando, a pesar de que no soy en absoluto como aquella figura maternal, virginal, perfecta e inacalcanzable que eran nuestras madres, que entienda que a pesar de mi tremenda torpeza como madre, siempre traté en la medida de lo posible, hacer lo mejor para él, que si me equivocaba era por estar tomando una decisión que a mi juicio era lo mejor para él, pero sobre todo que entienda que un padre, no tiene porqué ser la figura olvidada de su vida, que la figura paterna es igualmente valiosa, aun cuando no sea perfecta.

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