La magia del sonido…

Fue uno de esos encuentros en los que todos los presentes advierten la magia que chispea cuando las miradas se encuentran y la luz de los ojos ilumina todo lo que hay alrededor, por muy breve que sea el momento.

Todo aquello comenzó vacío, era poca la gente que se encontraba ahí, todavía faltaba al menos una hora para que comenzara la música, poco a poco, aquel pequeño espacio se fue poblando, en las carpas había sillas … y sombra, así que los músicos tomaban asiento y la mayoría comenzó a calentar: chelistas, violistas, violinistas, flautistas… el sonido de la familia de las cuerdas empezó a oírse bajito, que así Adrián no pudo evitar alzar una de las lonas que servían de “puerta” para aquellos camerinos.

Por primera vez en cinco días pude ver que se tranquilizaba, por primera vez en cinco días pude ver que su espíritu indomable e intranquilizable dejaba la locura de las jornadas anteriores y observaba con calma y muy detalladamente a cada uno de los músicos que hacían sus ejercicios de calentamiento.

Luego, todos se encontraban afuera, vestidos con playeras blancas de la universiada y uniformados con su pantalón negro de vestir, pero Adrián seguía con ganas de querer tocar alguno de esos instrumentos “raros”; andaba detrás de los chelistas claro, porque el chelo es un instrumento de tamaño considerable

Todos mis compañeros ahí presentes, me comentaron sobre la curiosidad notable mi pequeño espartano y yo les dije que eso era más que curiosidad, la música así, lograba calmar su espíritu, yo me había percatado de ello desde que era un bebito de brazos, pues cuando tenía unos 4 meses, me había tocado llevarlo a uno de los encuentros de música y al escuchar los acordes de piano y del chelo, paraba no sólo de llorar, sino de moverse como acostumbra desde que yo estaba embarazada.

Al escuchar esto, Karina, quien fue novia de un violista de la Orquesta Sinfónica de la UACH,  hizo algo que siempre agradeceré:

– ¡Iván, Iván! ven … tócale un algo a Adrián …

Iván tomó su arco, comenzó a desplazarlo sobre las cuerdas de aquel hermoso instrumento… y de aquel roce salieron dulces notas que detuvieron el tiempo y nos trasladaron a otro espacio con lo que lograron arrancar la más hermosa de las sonrisas, las comisuras de Adrián no bajaron, porque sus oídos estaban descubriendo la magia de la música, aquellos ojos permanecían fijos, extasiados, grandes, asombrados, perplejos, ante aquel descubrimiento… tal fue el asombro de mi pequeño que Iván sólo pudo exclamar: ¡ya me chivió! de la manera más espontánea, aunque siguió tocando un poquito más … entonces, la magia se fue extinguiendo, hasta que todo volvió un ser como “antes”.

Antes de que no hubiera música y la pequeña fiera siguiera corriendo por el espacio que quedaba entre los músicos y los cantantes … pero mi corazón seguía feliz, feliz por aquella maravillosa revelación, aquel momento en el que nadie más importaba, aquel momento en el que esa plaza repleta de gente quedó vacía y  sólo existían un bebé, un músico y su viola.

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2 Comments

  1. Esos momentos son los que valen la pena y se van juntando de forma indeleble, ellos lo olvidan, pero uno se queda con el hechizo de cada instante, para luego formar todo un caudal de vida que crece y que llena todo de felicidad.

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