Las imperdonables

“Las mujeres juntas, ni difuntas” versa aquel pseudo-axioma que denigra y etiqueta a la mujer señalándola como un ser incapaz de convivir con sus similares, eso, entre otras muchas cosas.

El día de hoy comprendí el significado profundo, el matiz, el punto medio y la esencia de esta frase, en contraste con otra frase también muy famosa gracias a aquella obra de teatro también muy famosa: “entre mujeres podremos despedazarnos, pero jamás nos haremos daño”.

La primera frase, seguramente fue acuñada por algún ser humano -hombre o mujer, da lo mismo- machista con mente no sólo retrógrada sino obtusa a más no poder, porque se trata de una frase que intenta describir la naturaleza de la mujer de una manera muy pobre y muy prejuiciosa, sin matices, sin análisis y simplemente creyó que era “audaz” por decirlo en rima.

En contraste existe la otra frase, que al menos en lo personal, recuerdo como parte de una obra de teatro y que al parecer intenta ir más allá de esa simpleza que tanto molesta y denigra la verdadera complejidad femenina.

Pues bien, tendré que realizar un ejercicio de paciencia al tratar de explicar mi punto, ya que al hacerlo, lo hago como un verdadero ejercicio catártico, ya que se trata de un tema que toca de manera directa algunas de las fibras más sensibles de mi ser como persona, como madre, mujer, trabajadora y ciudadana del mundo.

Vamos por partes, porque es preciso hacer el esfuerzo para poner las cosas en perspectiva, por lo que de antemano ofrezco una disculpa a todos aquellos varones que no se sienten identificados con mi apreciación y en todo caso, espero que su existencia sea tal que puedan hacer más llevadera esta situación de desigualdad con las mujeres de su vida.

Sucede que no puedo generalizar, porque hay varones muy conscientes y que con toda seguridad pueden ostentar el nombre de “hombre” sin que les quede grande, a todos ellos, mi respeto y mis sinceras disculpas por decir ¡QUE VERGÙENZA! ¡Qué vergüenza si todo lo que tengo para enorgullecerme por llamarme hombre es un falo que cuelga entre mis piernas!

¿Cómo es posible que disfracen con la palabra “lealtad” su terrible incapacidad para señalar lo que está mal entre “los suyos”? ¿Cómo es posible que tachen a las mujeres de “arpías”, tan sólo porque nosotras sí tenemos lo suficientes pantalones para reclamar lo que está mal y lo que es injusto?

Hace muchos años, yo era de las que se unía a quienes decían que los varones sí sabían ser amigos y que sí eran leales…hoy, me arrepiento de eso, porque he descubierto, con topes en la cabeza y golpes contra la pared, que esa “lealtad” no es otra cosa que el ropaje que disfraza la incapacidad para confrontar los errores de los demás.

Pongamos ejemplos concretos: un superior se enoja porque alguno de sus colegas varones no hace su trabajo, grita, hace aspavientos, golpea su escritorio y se desahoga con sus colegas mujeres porque claro, además de tener la capacidad -maternal- de solidarizarse con el jefe; una como mujer, sabe que las omisiones son tan peligrosas como los errores y entonces, empezamos a hacer suposiciones: si yo fuera la jefa, ya le habría cortado la cabeza, porque la gente floja, inútil e inepta seguirá mamando del presupuesto del gobierno, las empresas, la nación o hasta la familia, mientras la autoridad lo permita.

En realidad soñamos que somos la jefa y nos “ajusticiamos” al culpable, tal como hacen con nosotras cada vez que cometemos un error, por tonto que sea, porque como mujer, no podemos darnos el lujo de equivocarnos y mucho menos si “mal acostumbramos” a nuestros jefes a ser las empleadas perfectas y es que ¿a cuántas de nosotros nos resulta familiar la historia de la empleada perfecta, responsable que siempre sabe qué hacer y cómo resolver situaciones de conflicto, trabajar bajo presión y entregar excelentes resultados, pero al momento en que se equivoca corre el peligro incluso de perder su trabajo? ¿Voy bien o me regreso?

Según nosotras, las ingenuas, creemos que los “crímenes” del empleo no quedarán impunes esta vez, que se hará justicia y sólo prevalecerán los responsables, los comprometidos con su trabajo, los disciplinados… ¡pero no! ¡Falsedad de falsedades!

Si la jefa fuera mujer, aquel pobre hombre que juega a que trabaja y se pasa la vida cobrando un cheque que no se merece, ya estaría ofreciendo disculpas y con un pie en la calle, si la jefa fuera mujer, estaríamos en presencia de esa perfecta “CABRONA” de la que hablan los libros y las obras de teatro.

Curiosamente, si la jefa fuera mujer y el ser humano flojo, incapaz, irresponsable y errático, también fuera mujer, igualmente tendría un pie en la calle, porque las mujeres no perdonamos ni nos perdonamos, nos castigamos por nuestros errores y no andamos con medias tintas.

Los varones, se aplauden, se dan palmaditas en la espalda, se hablan con pleitesía y deferencia, se dicen: “licenciado”, “maestro”, “señor”, se ríen juntos de cualquier estupidez: ja-ja-ja, jo-jo-jo, se compadecen entre sí y se autocompadecen juntos y olvidan que el compromiso con el trabajo es sagrado y al ser condescendientes lo único que hacen es ultrajar lo que otros sí tratan con respeto.

Una mujer en cambio es imperdonable, una mujer no se perdona los errores ni ella misma, levanta la cara sin autocompadecerse y espera tener el suficiente tiempo para remediar sus errores; deja de lado la autocomplacencia y lucha por lo que cree, ya sea como ama de casa, ejecutiva, política o cualquiera sea la cosa a la que dedique su vida.

“Las mujeres podremos despedazarnos pero jamás nos haremos daño”, significa que la mujer que es una madre amorosa y responsable, condenará a todas luces a aquella que actúa con negligencia y omite cuidados con sus hijos; si es una mujer que sale a trabajar y todos los días se entrega en cuerpo y alma a su trabajo y se compromete hasta el tuétano con su empleo, condenará a la que es irresponsable, impuntual e incapaz sólo porque no le interesa ser mejor; si es una esposa diligente, condenará a que descuida a su marido…y así, podría poner mil ejemplos, somos las imperdonables porque no toleramos los errores derivados de la mediocridad y la falta de pasión; por la familia, los hijos, los amigos, el marido, el trabajo.

Por eso, vuelvo a disculparme por tener que decir ¡QUÉ VERGÜENZA! ¡Qué vergüenza si tu único talento es provocar lástima en tu jefe para que perdone tus constantes errores y omisiones! ¡Qué vergüenza si tu único talento es conocer gente que pueda “echarte la mano” para no perder un empleo que no mereces! ¡Qué vergüenza si tu único talento es lamer las bota de tu jefe con la saliva del servilismo! ¡Qué vergüenza si tu único talento es llamarte “maestro” aunque sólo enseñes el cobre del que estás hecho, sin hacer honor al título! ¡Qué vergüenza si la única fuerza de tu  ser la tiene el falo que te cuelga entre las piernas!

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4 Comments

  1. Vaya, ¿no crees que es curioso que nadie haya hecho un comentario en este post?
    En fin, eso es una realidad a la que nos enfrentamos día a día y estoy de acuerdo contigo que muchas mujeres somos muy duras con los demás, por que sabemos en carne propia lo que cuesta ser una mujer en el más amplio sentido de la palabra.

    También he visto con rabia cómo hay favoritismos y cómo se premia al que no hace nada enviándolo a áreas donde no “estorbe” mientras otros hacen su trabajo.

    Podrían unirse miles de historias como esas, pero por eso debemos estar orgullosas de aquellas que nos esforzamos y decimos lo que pensamos.

    Total las mujeres que somos así, somos un verdadero peligro para esa “raza” de seres masculinos condenados a la mediocridad.

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  2. Si Fabiola, los premian enviándolos para otros lugares, pero fíjate qué chistoso, resulta que estos “seres” luego así lo ven, como un premio y te dicen con TAMAÑOTES “A MI ME TRAJERON AQUÍ PARA ARRANCAR X PROGRAMA”, jajajajajajaja, NOOOOOO inutilin, te trajeron porque nadie te quiere…esa es la realidad y me indigna, pero me hace sentir bien que las mujeres que quiero, tú entre ellas, no tienen de qué avergonzarse. GO PALOMILLA GO!!

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  3. Que padre post. Creo que es cierto que muchas veces los hombres simplemente no saben como enfrentar la incapacidard de otros. Creo que vivimos en una sociedad machista, donde se presiona mucho a la mujer “que sea ama de casa y trabaje” y por ello la mujer es mas perfeccionista y tolera menos la flojera de los demas.
    Pero creo que no es algo inherente al genero en si, sino a los roles de genero. Por lo tanto, creo que tambien hay hombres muy trabajadores y perfeccionistas, y mujeres flojas. El problema está en “a qué pone atención la sociedad”, y salen así toda clase de mitos y “dichos” como el que mencionas. Si hubiera verdadera igualdad, nadie diria que las mujeres son mas arpias, ni tampoco que son mas valientes que los hombres.

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