Risas y sensaciones

Esta tarde tenía muchas ganas de regresar a casa del trabajo para verte, ver la luz de tus ojos cuando me ves entrar en la misma habitación, yo creí que no era capaz de volverse loca por un hombre de la forma en que yo estoy loca por ti desde el momento en que llegaste a mi vida, ni hacerme estremecer al grado de las lágrimas como cuando te escuché por primera vez o cada vez que te canto con mi horrible voz de cuervo esas tonadas que tanto te gustan y que seas el único que aprecie mi desatinado esfuerzo.

Pero hoy te encontré dormido, lo malo fue que cuando entré en el cuarto hice ruido y con eso te despertaste, no supe si fue por eso que estuviste de mal humor durante un buen rato, tanto que ya no sabia qué hacer para que se te pasara el mal genio, tu enojo me dio dolor de cabeza y ni siquiera pude comer, creo que al final sólo la computadora te hizo sentir mejor o ¿acaso fue el yonke de mi papá?, ya no lo recuerdo…¡Ah! Sí, fue el yonke de mi papá y luego que viste la computadora quisiste jugar o lo que sea que tú haces con ella.

Unos instantes más tarde encontraste otras cosas para entretenerte y al final, algo diferente llamó tu atención: la abuela estaba limpiando frijol y te dio curiosidad, pero no te acercaste de inmediato, lo hiciste con cautela, como no queriendo, luego cuando mi mamá te habló y te dio un frijolito para que lo tocaras, me diste los brazos para que te sentara a la mesa, luego descansaste ahí tus propios brazos y manitas, esas manitas que te comías desde el día que saliste de mi vientre (quizá lo hacías desde adentro), esas manitas hermosas con las que te rasguñabas toda tu pequeña cara hinchada por es esfuerzo de venir a mundo, esas manitas que aprendieron a tomar un lápiz de color antes de que cumplieras un año y medio.

Tu abuela ponía tus manitas cerca de los granos de frijol, pero lo hacía con cautela para que no te los fueras a meter a la boca, luego con un poco de desconfianza te fuiste acercando más hasta que se me ocurrió dejarte caer como cascada los granos para que pudieras sentir su textura y su dureza sobre tu piel de bebé; comenzaste a reír con esa risa loca –la primera que escuchaba en muchas horas-, tu mirada de chico listo descubría algo nuevo y delicioso: la sensación del grano duro y frío rozar tus manitas tibias, suaves y curiosas –aunque todas pintarrajeadas con marcador-,  sólo espero poder estar ahí cuando descubras otra cosa, sobre todo si es algo peligroso, porque tal parece que tienes un imán que te atrae poderosa e irremediablemente hacia todo aquello que puede causarte algún daño físico, como esas tijeritas que hacían bailar tus deditos inquietos y exploradores.

Gracias por estar en este mundo, mi pequeño guerrero espartano.

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4 Comments

  1. Es la maravilla de tener hijos, que nos recuerdan esas pequeñas delicias cotidianas que hemos olvidado, esas cotidianeidades que van hilando nuestra historia y también esa empatía ante seres pequeñitos que descubren apenas un mundo que para nosotros ya estás más que desgajado.

    Y también…
    también el temor de que puedan sufrir algún daño y nosotros quedemos impotentes por no poder estar ahí tras ellos como una sombra.

    Ser padre es VOLVER A SER.

    Responder

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